(Recuperado de una publicación en Facebook de la autora)

“Si Freud ha escrito en alguna parte que la anatomía es el destino, habrá quizás un momento en que se volverá a una sana percepción de lo que Freud ha descubierto, se dirá, no digo la política es el inconsciente, simplemente: el inconsciente es la política”.
-Lacan.

Lacan ubica dos modos diferentes de pensar el lazo entre inconsciente y política, que a su vez se corresponden a dos modos muy distintos de comprender el descubrimiento de Freud: o bien se hace de la política una manifestación, en la esfera pública, de procesos, tendencias y conflictos psíquicos inconscientes (caracterizados por lo general con las notas de ‘arcaicos’, ‘profundos’, ‘primigenios’), o bien se hace del inconsciente una marca, en el sujeto, de la anterioridad de la política comprendida como lógica, lógos, discurso, que organiza en cada época las relaciones sociales.

Afirmar que “la política es el inconsciente”, o simplemente que la política es inconsciente, fue la opción que tomaron los estudios sociológicos de inspiración freudiana. En la práctica, implicaba hacer depender los acontecimientos sociales y políticos de una serie de ‘hechos psíquicos’, una pulsión, un complejo, un trauma, como si los mismos fueran en sí datos naturales o transhistóricos, tendencias espontáneas de nuestra psique mediante las cuales cada ‘cachorro humano’ estaría impelido a construir, hasta donde le dan las fuerzas, el plexo de sus relaciones con el mundo. Como señala con acierto Žižek, en este tipo de análisis de la esfera política nos encontramos con lo siguiente:

En lugar del análisis concreto de las condiciones sociales reales externas —la familia patriarcal, su papel en la totalidad de la reproducción del sistema capitalista y demás—, se nos ofrece la historia de los estancamientos libidinales no resueltos; en lugar del análisis de las condiciones que llevan a la guerra, se nos ofrece la ‘pulsión de muerte’; en lugar del cambio de las relaciones sociales, se busca una solución en el cambio psíquico interior […] En esta perspectiva, la lucha misma por el cambio social es denunciada como una expresión del complejo de Edipo no resuelto (Žižek, 2003: 12).

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Ningún diálogo con el marxismo, por lo tanto, es posible mientras no se modifique en lo esencial este modo de anudar inconsciente y política. Y es esto mismo lo que señala Lacan al marcar la siguiente distancia: “no digo la política es el inconsciente, simplemente: el inconsciente es la política”. Hacer del inconsciente la política es afirmar, en primer lugar, que el inconsciente no es la sede de los instintos ni un depósito de representaciones arcaicas y transhistóricas, sino una lógica, un discurso. Y en segundo lugar, que el discurso inconsciente no es el discurso del sujeto sino del Otro; según la afamada sentencia de Lacan:

“El inconsciente es el discurso del Otro”. Ya hemos visto que para Lacan el inconsciente no es más que la presencia, la marca, en un ser afectado de lenguaje, de un discurso que no le pertenece pues se articula en una de las figuras lacanianas de la alteridad, el Otro (A): El inconsciente es el discurso del Otro. Este discurso del otro no es el discurso del otro abstracto, del otro en la díada, de mi correspondiente, ni siquiera simplemente de mi esclavo: es el discurso del circuito en el cual estoy integrado. Soy uno de sus eslabones (Lacan, 1983: 141)

¿Qué es el Otro? Se trata del orden simbólico como aquello que ‘ya está ahí’ antes de que pueda constituirse un sujeto de la enunciación, conformando la lógica discursiva en la cual él mismo quedará sujeto. Lo inconsciente, por tanto, no es más que un efecto de la estructura sobre el ser que habla; es la marca, en toda enunciación efectiva, de la anterioridad de un orden lógico. Es evidente que cuando uno encara el asunto desde esta perspectiva se reabre para el psicoanálisis una posibilidad de diálogo con el marxismo occidental.