“No es este el relato de hazañas impresionantes, no es tampoco meramente un relato “un poco cínico”; no quiere serlo, por lo menos. Es un trozo de dos vidas tomadas en un momento en que cursaron juntas un determinado trecho, con identidad de aspiraciones y conjunción de ensueños. (…) ¿Fue nuestra visión demasiado estrecha, demasiado parcial, demasiado apresurada? ¿Fueron nuestras conclusiones demasiado rígidas? El personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra Argentina, el que las ordena y pule, “yo”, no soy yo; por lo menos no soy el mismo yo interior. Ese vagar sin rumbo por nuestra “Mayúscula América” me ha cambiado más de lo que creí.”
Ernesto Guevara de la Serna

• Adiós a la perra vida
He visto un sinfín de post o publicaciones sobre la importancia de los viajes, inclusive un día, alguien me dijo que cuando uno salía al extranjero cambiaba su mentalidad. Pero la pregunta no es si es cierto o no, sino ¿por qué cambiamos de parecer o qué cosas nos tiene qué suceder para cambiar?
La respuesta lo descubrí en el momento que decidí salir de la rutina, mi casa, el trayecto a la ciudad para ver los mismos edificios y la misma ruta, para entrar a la misma escuela y ver a los mismos alumnos y mismos profesores. Después de cuatro años decidí regresar a la Brigada Interdisciplinaria Arturo Rivera y aventurarme a redescubrir lo ya descubierto. Yo ya no era el mismo muchacho de 20 años que decidió partir a dar talleres de literatura a niños en Xochitlán, Zongozotla y Zapotitlán de Méndez. Ahora soy alguien de 24 años que ya tiene un camino fijado (eso pienso) en la lingüística y algunas metas por cumplir, pero lo que sigue es esa idea de incertidumbre al futuro, a pesar de todo aún sigo perdido con una pequeña luz a otro lado del río. La decisión antes del viaje fue, quedarse y celebrar mi graduación con personas que sólo vi y alcancé a cruzar palabras o ir a dos comunidades con amigos con los cuales he aprendido más que en las cerradas aulas de un colegio frío y pasajero, la respuesta fue fácil.
Estaba demasiado emocionado de partir de lo conocido y estar fuera del nido por dos semanas, es ese sentimiento que de niño tenía uno al saltar por ese borde para alcanzar a tus amigos o decirle a la niña que te gustaba, te valía si iba a doler o no, lo que querías era avanzar. Tomé mi ropa, cosas necesarias, cepillo de dientes, grabadora de voz, dinero juntado, las preguntas realizadas la noche anterior y todas las esperanzas generadas por salir. El viaje duró más de lo recordado, salimos de la ciudad a las 12 del día y llegamos a la primera comunidad a las 7 de la noche, el cambio de atmósfera se sintió cuando ese color gris se transformó en uno verde y café tierra, cuando al fin puedes ver el paisaje que antes los edificios cubrían con sus formas monótonas, cuando en la noche por fin podías ver todas las estrellas que cubren el cielo.
Como todos los viajes, prefiero ir en el lado de la ventana, mirando lo que sea, pero mirar, descubrir y asombrarse, sin importar lo cansado que esté, en mi interior hay algo que me mantiene despierto. Es momento de estirar las piernas, el horizonte se ve lejano, las montañas se acercan cada vez más, los árboles y el viento tienen un tono diferente, ya casi estamos por llegar.
La primera comunidad resultó ser la segunda en quedarse, por encargos y para ir más ligeros, dejamos todo aquello que se juntó para los niños, esos que son el recuerdo más presente que tenemos de Tuxtla. En casa de Don Epifanio nos recibieron con café y comida, algo que siempre debe agradecerse y más cuando uno lo necesita, el olor de esa bebida y el sabor de ese caldillo trajo los recuerdos de hace cuatro años, las señoras y las casas visitadas en Xochitlán, las pláticas, las formas en cómo uno ordena su casa y todo lo que uno puede aprender cuando le pregunta al de lado cómo le va. Las urgencias son siempre enemigas de los momentos, aquellos que nos trajeron tenían que recorrer un viaje de extremo a extremo de un estado que por desgracia no es pequeño.

• ¿Qué sentir de volver a un lugar después de 4 años?

La incertidumbre del tiempo recae sobre mí, que habrá pasado con esos niños a los que veía correr, jugar, aprender y hasta despertarnos. Dicen que los años no pasan en vano y quería comprobarlo, en la parte trasera de una camioneta iba con mis amigos platicando de cosas con o sin importancia (depende de la persona con quien lo hablas), las preguntas del tiempo no me las hacía y por qué uno debe de llenarse de intrigas si se tiene la noche estrellada como amiga y compañera de viaje. Todo era oscuridad y movimiento en la parte trasera de ese vehículo. Hasta que por fin llegamos a Zongozotla, no es diferente a mis recuerdos, las mismas casas y el mismo paisaje que quedó grabado en mi memoria y alguna que otra foto, sigue igual, aunque los lugares tardan en cambiar por sí solos. El hospedaje quedaba a cargo de Don Consta, viejo conocido de ellos y que para mí era nuevo ver, con toda familiaridad y confianza nos mostró ese lugar de dos pisos en el que íbamos a vivir por los días de trabajo en la comunidad.
Llegamos en lo último de la fiesta patronal, los sucesos fuera de nuestras manos y comprensión hizo que llegáramos una semana después de lo previsto, así que alcanzamos a ver el último evento que tenían por realizar, una función de lucha libre nos esperaba, y cómo no iba uno a emocionarse, la algarabía del ritual dancístico y heroico que provoca ver a dos personas combatir con saltos, lances, planchas, llaves y contrallaves; el furor del público mentando madres que no le envidiaría lugares como la Arena México o el Coliseo romano en sus años mozos. Uno ya se va dando cuenta lo inesperado que puede ser la vida.

• La talacha de ser lingüista

Los siguientes días llegaron y tenía que cumplir mi objetivo o la excusa para regresar a Zongozotla, mi trabajo de campo, aunque no fue la primera vez que realizaba un trabajo de este tipo, era un momento en que me encontraba solo, no sabía a quiénes iba a entrevistar ni cómo lo iba a hacer, era yo contra un desconocido, armado sólo con unas preguntas, una grabadora y las ganas de ejercer algo que había estudiado por 6 años.
Era el momento en donde uno se da cuenta que lo aprendido en todas las materias no tienen importancia si sólo se quedan en el papel o en las conferencias cuadradas. Hace falta ese contacto de persona a persona y hacer de esa ciencia, una social. Con mochila en hombros, zapatos cómodos y nervios, salgo a recorrer, es difícil ser un extraño de lo cotidiano, las miradas preguntando quién eres, que haces aquí, pero eso sí, todos saludándote y dando los buenos días.
La profesión de ser lingüista es un poco difícil, el interactuar con otras personas sin intervenir en sus formas de hablar o lo que dice no permite desarrollarse bien, es por ello que uno debe mentir en ciertas cosas para que sea la entrevista algo un poco más natural, con cada uno de los hablantes oculté mi profesión para convertirme en un estudioso del café. Al hablar con ellos aprendí más de lo que esperaba, al escuchar sus historias generadas por las preguntas me hizo abrir los ojos, la conciencia política que tiene sobre los problemas del campo y las minerías, la poca paga que reciben por todos los años de trabajo en el monte, la gran problemática que tienen ahora con una plaga en las plantas del café que muestra ese monstruo llamado capitalismo afecta en todos los sentidos de la vida, aprendí más de la vida que de la lingüística.

• Historias de un cambio

La confianza es algo difícil de lograr y fácil de perder, pero con Don Aurelio fue diferente, tal vez sea porque mis amigos ya lo conocían, pero cuando nos invitó a la calidez de su hogar aquella tarde lluviosa y fría, uno se da cuenta de lo perdido que está la confianza. Él me recordó a mis abuelos y sus historias del tiempo pasado, en donde ciertos paisajes y cosas eran mejores, vi en sus ojos la nostalgia de los tiempos de abundancia en donde con un kilo de cereza de café vendido te alcanzaba para comprar un kilo de azúcar, ahora es diferente, la indiferencia en el alza de precios ha afectado a la familia de Don Aurelio y a otras tantas, obligándolas a emigrar de sus tierras, abandonar su hogar para emprender un viaje que no es por gusto sino por obligación, pero como él hay otros que mantienen la esperanza que los tiempos de abundancia regresarán y se quedan a trabajar y mantenerse con lo que es suyo.
Para mi desgracia sólo lo llegué a conocer poco, pero me sorprendió que nos fuera a despedir al lugar donde estábamos dando los talleres, es más, que se despidiera con un abrazo, eso para mí fue una grata, pero también triste sorpresa, no es común que alguien que sólo conoces por una entrevista tenga la confianza para hacer eso o es que me ha afectado tanto la individualidad de la gente en su mundo que estos gestos, que deberían ser común, son ahora desconocidos para mí.

• Un nuevo pueblo

Por desgracia todas las fechas nos alcanzan aún si ellas están muy lejos de lo que pensábamos, era el momento de despedir Zongozotla pero conocer Tuxtla, todas las palabras deben guardarse porque la aventura aún seguía, guardamos nuestras cosas y recuerdos en una camioneta, cómo es posible que tanto quepa en un lugar pequeño pero con ingenio sí se pudo. Es hora de avanzar, con el viento y la sonrisa en la cara veo la comunidad en la cima de un cerro alejarse cada vez más, hasta el momento en que un monte cubrió completamente el paisaje y sólo se podía ver árboles alrededor. El color verde nos siguió acompañando por varios minutos más, la mejor forma de viajar es en una batea de camioneta, se puede ver, sentir y disfrutar todo el viaje. Al pasar Zapotitlán de Méndez con su majestuoso río y su histórico puente, Nanacatlán con su iglesia que me causo admiración, llegamos al destino. En el letrero se puede leer las palabras “Tuxtla, lugar de conejos”, hemos llegado a la segunda parte de nuestro viaje.

• Las pruebas de la paciencia

El trabajo comunitario se enfocó más en los niños, esos seres de los cuales debemos aprender tantas cosas, ya que su capacidad de asombro y curiosidad no han sido opacados por el abrumador control que cada vez estamos acostumbrados con cada año que llega a nosotros. Ellos aún pueden divertirse horas con una pelota, un juguete o con un palo, estos niños que conocimos no le tienen miedo a nada, ni a la autoridad ni del qué puede pasar, sólo viven el momento, en qué parte de mi vida pasó esto, cuándo me convertí en alguien con miedo y preocupación del futuro, con ellos aprendí más de lo que pudiera en cualquier libro, con ellos uno aprende a ser feliz a pesar de todo, sí, te llega el castigo, el dolor provocado por la alegría, la preocupación, pero todo eso es pasajero, después llegas a ser feliz y seguir jugando.
Pero no todo es miel sobre hojuelas, lo más importante en aprender con los niños es la paciencia, nos olvidamos que nosotros fuimos niños aguerridos hace años y queremos un ambiente de paz y obediencia, pero eso nunca pasará y si pasa es un terrible problema porque su libertad ha sido cortada. Esos niños nos decían de groserías en su lengua materna, jugaban con nuestros celulares, si no te los ganabas se aburrían de tu taller y nunca te dejaban descansar, querían atención y juegos, y uno ya no está para esos trotes. Si aprendes a convivir con ellos, aprenderás a convivir con los demás, esa fue palabras de un amigo y es cierto, porque ellos podrían sacar lo mejor o peor de ti, y si quieres cambiar tu sociabilidad debes trabajar y conocer a esos chamacos tuxtleños.

• La niebla cubre la partida

Tan corto es el amor y tan largo es el olvido, es momento de regresar a casa, las fiestas y la familia también reclaman su tiempo y es momento de volver con ellos, pero no sin antes hacer algo que realmente me quedó marcado con una profesora en la universidad, no olvidar que aquellos que te ayudan en tu investigación también debes de regresar su tiempo y conocimiento, no ser un ladrón que se posicionará en la academia con lo conocido en la comunidad y traicionar a aquellos que te han dado esa confianza, es decir, debemos hacer comunidad, si ellos me ayudaron yo también debo hacerlo.
Es por ello que con Don Epifanio decidí ayudar en la tarea de ser panadero, a temprana hora yo y dos compañeros nos dirigimos a su casa, la oscuridad y el silencio nos acompañaba hasta encontrar el movimiento del trabajo, como siempre, café y pan nos reciben para tener la energía suficiente para no decaer, es momento, como novatos ante la experiencia vinimos a aprender, con esfuerzo y torpeza comenzamos a ayudar en la realización del pan para su entrega, todas las formas y colores se podían ver en esa mesa sincronizadas con las ideas de aquellos panaderos para formar un trabajo tan bello que no basta apreciar en esas mordidas que damos al fruto de su trabajo.
Pero como todo nos alcanza, aquel compañero que nos iba a dar un aventón también tenía que partir y debíamos acatar su tiempo, regresamos a acomodar todo aquello que trajimos para despedirnos, la tristeza más grande en ese momento fue dejar a un compañero canino que tuvo la confianza de dormir a mi lado, es tan grande el cariño de un animal que te hace recordar una frase en la canción de Ases Falsos “los animales nunca se equivocarán, son portadores de la sinceridad del cosmos”, con una bendición, un cuídate y una promesa me despedí de él con la esperanza de verlo al regresar en verano. Al parecer el cielo comprendió nuestros sentimientos y comenzó a llover, pero aun así seguimos con la idea de viajar en una batea, porque así de simple es mejor. Nuestro último momento juntos fue en Zapotitlán, ahí nuestros caminos se separaron 3 tres grupos, yo y otros compañeros nos dirigimos directo a Zacapoaxtla en combi, el paisaje guardó su mejor momento para despedirse, toda la sierra cubierta con neblina, una buena forma para decir adiós, pero como aún quiero seguir conociendo me fui a Zaragoza, con el frío tan bestial que cala hasta lo más profundo, me dirijo a tomar el autobús, ahora sólo quedo yo y la sierra alejándose cada vez más de mí, allí se quedaron todas las personas que conocí y admiré, los niños y sus aventuras, los señores y sus conocimientos, las risas y preocupaciones, todo eso se quedaba ahí para generar un sentimiento de vacío que sólo será llenado al estar de nuevo, ahora sólo estoy yo y la canción De Usuahia a la Quiaca.

• ¿Realmente soy yo quien regresó a casa?

Ahora, días después de haber comenzado la idea de aventurarme a ejercer mis estudios de lingüística en un proyecto que por ahora sigue en pañales, me he dado cuenta todo lo que he cambiado, esta historia no sólo es un relato de lo que mis ojos vieron y que me provocó a desempolvar mis ganas de escribir, es un momento en la vida de una persona que hizo que en dos semanas ya no volviera a ser el mismo, todas las personas conocidas ahora son parte de mí y todo lo que me compartieron acompañarán en cada una de mis decisiones, reafirmaron mi interés por la lingüística y han cambiado mi forma de ver las cosas.
¿Tanto te puede cambiar un viaje? Mi respuesta es sí, pero depende más de cómo lo haces, si sólo te enfocas en ti para disfrutarlo visitando los lugares turísticos y bellos que promocionan los gobiernos no te generará lo mismo si lo haces de la forma en que un grupo de 17 personas nos aventuramos, el hablarle a la persona de al lado, conocerla y preguntarle cómo está; conversar con el niño que tal vez puede acongojarle un problema (jamás olvidaré a aquel que me contó que su hermana se encontraba trabajando en el Estado de México), el trabajar con la comunidad para generar lazo de confianza o descubrir todo el proceso que hay con el pan y café que te hace valorar cada desayuno. Esos viajes son los que importan y no es tampoco un sermón o un manual de cómo viajar, uno puede hacer de su vida y tiempo lo que quiera, mi objetivo primario de estas palabras es que debemos abrir los ojos en cada lugar que vayamos y preocuparnos de cómo es la vida o por qué alguien se comporta así, cada uno de nosotros guardamos tantas cosas que muchas veces no podemos contar y sin embargo una plática será la mejor terapia de todas, siempre debemos hacer una cosa comunidad, y en cada uno de las comunidades a las que fui me hacen pensar que ese sueño de Cardenal con Solentiname puede volver a hacerse realidad.