En algún punto de su extensa (y compleja) bibliografía, el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein llegó a señalar que los límites de su lenguaje eran los límites de su mundo. Al considerar a la filosofía como el resultado de malentender problemas propios de la lengua, Wittgenstein puso en el centro de la mesa la discusión de qué papel jugaba el lenguaje en los problemas filosóficos, llegando de esta manera a inaugurar una nueva manera de pensamiento: la filosofía analítica, una rica corriente de pensamiento hoy tan extensa en el territorio filosófico anglosajón.

El peso que le damos a las palabras hoy en día es muy grande, la elocuencia de las mismas nos definirá ciertos aciertos o fracasos, interpretar erróneamente a las mismas nos puede traer graves consecuencias, más que lingüísticas y epistemológicas. Hoy más que nunca necesitamos nombrar el mundo, renombrarlo dicen algunos ensayistas contemporáneos. Pero ¿qué sucede cuando hablamos de algo sin realmente conocerlo?

A ninguna persona le ha de gustar ser el centro de conversaciones entre extraños que no osa conocer; ningún experto en biología puede hablar de sociología sin conocer los cánones de esta ciencia social, ni ningún físico puede hablar de filosofía sin estar empapado en la historia de las ideas. Por el contrario hoy en día se ha dado por la interdisciplinariedad del conocimiento. Pero esto es harina de otro costal.

Hoy sucede un fenómeno realmente curioso: criticar algo sin conocerlo plenamente; dar opiniones sesgadas intentando que les sean dados valores de verdad. Repetir mecánicamente discursos que lejos de anclarse a la realidad se alejan de ella.

Esto es lo que ha sucedido en la discusión moderna sobre el populismo, tanto como concepto como práctica política, emparentándola con viejas prácticas discursivas que nada tienen que ver con el concepto que pretendemos enunciar. Si imponemos límites y dogmas a nuestro lenguaje hacemos que nuestro horizonte teórico se achate y se vea cada vez más limitado por las barreras de la lengua, imposibilitándole que se nutra del exterior.  El populismo hoy en día se confunde con otras prácticas políticas en una discusión que lejos de ayudar al esclarecimiento de un canon teórico, sólo confunden a los lectores del tema y alejan el componente crítico del tema en discusión.

Para ello primero debemos de señalar que es Populismo y que no lo es.

Para los marxistas el principio clave de toda transformación política, económica y social es la permanente lucha de clases. El postmarxismo de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe invirtió ese proceso por el llamado pluralismo agonístico, es decir, donde hay una pluralidad de opiniones y corrientes políticas que siempre estarán en conflicto, un conflicto permanente, para ello toman prestada la relación binaria amigo-enemigo de Carl Schmidt y le dan la vuelta por la dialéctica amigo-adversario, entendiendo que es el conflicto la naturaleza de lo político (no de la política) y no el consenso como lo piensan liberales como Jürgen Habermas y John Rawls. En el centro de la política y lo político estará el componente del pueblo como articulador de las demandas colectivas y como oposición clara al bloque dominante, en una perspectiva que le debe mucho al bloque histórico de Gramsci, se tratará de hacer una contrahegemonía al poder político dominante y despótico a través de diversos cauces democráticas, como lo es la reforma total de las instituciones políticas. Para Laclau y Mouffe populismo significa radicalización de la democracia; a pesar de tener otras connotaciones un tanto peyorativas considero que esta es la más correcta que se tiene del tema, en clara oposición al elitismo de la escuela italiana representada por Gaetano Mosca, Vilfredo Pareto y Robert Michels. Para los elitistas en el centro de la política estarán las decisiones que las elites políticas y económicas tomen, y la democracia sólo será el método para renovar a las elites políticas o un método para legitimar a los gobiernos conservadores y que están muy lejos del pueblo como componente vital de la democracia. Populismo es igual a democracia. Elitismo igual a oligarquía.

Laclau enumera tres condiciones para que sea aplicable el populismo 1) que exista una relación solidaria entre una pluralidad de demandas insatisfechas; 2) crear un discurso que divida a la sociedad en dos campos (el populismo es ante todo discursivo) y; 3) el discurso convierte a ciertos campos de la sociedad en una totalidad. El populismo en pocas palabras es posible mediante la transformación radical de las instituciones como lo han vivido ciertos países de Sudamérica.

En palabras de Laclau:

No hay institucionalismo tan completo que pueda evitar enteramente la construcción de identidades populares antisistema, y no hay un populismo tan puro que abandone todo anclaje institucional.

Ante este panorama surge la siguiente duda ¿por qué se ha tergiversado el populismo hoy en día? Culpable de esta tergiversación son los medios de comunicación masiva, que minuto a minuto bombardean al espectador con noticias que parecieran populismo pero no son populistas. El populismo lejos de ser una opción política apegada a la demagogia es una opción política acercada al ethos político por excelencia, el pueblo. La demagogia de los políticos es hoy señalada como populismo, decir una barbaridad de promesas sólo para llegar al electorado; la verborrea política está lejos de ser populismo, al contrario forma parte de otro espectro político, no menos complejo: el clientelismo.

Para Barbara Schröter:

Clientelismo denota una categoría analítica para la investigación de relaciones informales de poder que sirven para el intercambio mutuo de servicios y bienes entre dos personas socialmente desiguales o entre dos grupos. Se trata de una relación diádica, en la cual una persona poderosa (el patrón) pone su influencia y sus medios en juego para dar protección o ciertas ventajas a una persona socialmente menos poderosa (el cliente) que le ofrece respaldo y servicios al patrón. Los actores disponen de diferentes recursos que utilizan para favorecerse mutuamente.

En pocas palabras el clientelismo es aquella práctica política en la cual mediante el discurso se dan promesas de campaña muy difíciles de alcanzar y se trata de llegar al electorado como simples consumidores o clientes de un producto que es el candidato en cuestión. El clientelismo es más cercano a corrientes de las Teorías de la Elección Racional como la Lógica de la acción colectiva de Mancur Olson. El político en cuestión es un ofertante de un producto y el ciudadano es un consumidor del mismo, es la relación básica en la cual está fundamentado el moderno marketing político. En otras palabras, hemos llegado al extremo de relacionar una corriente política con una práctica electoral.

Hoy más que nunca hace falta desmitificar a los populismos y los clientelismos, que no vengan a decirnos que el populismo es cercano a una demagogia política y que el clientelismo no aparezca en el léxico de la política moderna.

Para cerrar: tal como lo sentenció Georges Bataille, se pasó de la dialéctica hegeliana esclavo/amo a la dialéctica súbdito/soberano. Ahora, en cambio, observamos la dialéctica cliente/empresario.