Recordando a los docentes, compañeros y compañeras del Proyecto de Salud Ambiental y Humana del Departamento (PROSAH), dónde aprendimos juntos la razón de ser de curar, esperando que no hayan abandonado las ganas de seguir trabajando por el lema que portabamos  “Por una medicina al servicio del pueblo”.

Hace unas semanas le pregunté a un grupo de estudiantes de medicina y enfermería lo siguiente: desde su punto de vista ¿Por qué los seres humanos nos ocupamos por curar a otras personas? ¿Dónde podríamos encontrar el origen de la práctica de curar?. Me interesaba saber dónde situaban estos jóvenes el nacimiento y la razón de ser original de la práctica de curar. Uno de los alumnos  contestó que pensaba que la profesión existía debido una cuestión de estatus, que existen personas que curan porque así se puede ganar un posición social y económica privilegiada, una alumna contestó que existen personas dedicadas a curar porque es necesario ayudar a las personas que enferman, un tercer alumno comentó que él pensaba que el origen de la práctica era ayudar a otros, pero que actualmente eso ha cambiado y que  en la actualidad se estudian carreras relacionadas con la salud para tener un trabajo que permita subsistir y de ser posible asegurar un buen ingreso monetario. Evidentemente no había consenso sobre la cuestión, situación que por un lado me sorprendió pero que fue favorable para generar un interesante debate, mismo motivo este escrito.

En cualquier universidad del mundo, se enseña una historiografía de la práctica de curar predominante – cuando no únicamente- eurocéntrica en la que el centro y origen de las practicas de curar (la medicina sobre todo) se sitúa en la antigua Grecia. Todas las personas que estudiamos ciencias de la salud aprendemos que los referentes del origen de la medicina están en personajes como Hipócrates de Cos o Galeno de Pérgamo  o incluso el mismo Dios griego Asclepio (fuente del símbolo del caduceo con la que se acostumbra representa a la medicina occidental moderna). Posteriormente la lista de los personajes que sirven como  referentes del desarrollo de las ciencias de la salud transitan – con algunas consideraciones a médicos árabes como ibn Sĩnã –  por Italia, Francia, Inglaterra o Alemania.

Aunque no es objeto de este escrito hacer el recorrido historiográfico de la medicina occidental moderna, menciono lo anterior porque para discutir la existencia de un principio filosófico que guía la práctica médica, es necesario hacer un esfuerzo por distanciamos de esta eurocéntrica y reducida historiografía de la práctica de curar. Si lo logramos podremos percatarnos de la inmensa diversidad de culturas que se desarrollaron y que generaron cosmovisiones muy variadas sobre el proceso de salud enfermedad. Teniendo en cuenta esto podemos decir que la práctica de curar es universal, pese a la diversidad de formas de conceptualizar ese complejo proceso de la salud-enfermedad.

Entonces ¿La práctica de curar tiene un origen y razón de ser común para todas las culturas o la motivación de curar nació con objetivos distintos en distintos pueblos?

Para comenzar a discutir esta cuestión imaginemos que razones podrían haber motivado la práctica de curar en los primeros tiempos de nuestra especie: como cualquier otro animal, el ser humano posee un arsenal complejísimo de procesos fisiológicos y bioquímicos orientados a preservar su integridad y funcionamiento, estas cualidades fueron conseguidas mediante millones de años de evolución, pero cuando sufrimos una lesión o un padecimiento el funcionamiento normal se altera y condiciona la aparición de dolor y diversas formas de malestar que no solo son causados por la fuente del daño sino que también pueden ser consecuencia de los medios con que cuenta nuestro organismo parar enfrentar las enfermedades a sanar las lesiones o atacar a agentes infecciosos. Estas sensaciones desagradables son un aviso de que algo está mal, que algo no funciona bien y nos alertan para hacer algo, son una señal para que seamos conscientes de la alteración y busquemos la forma de corregir el problema. Es decir frente a un daño o alteración del funcionamiento al organismo estamos condicionados a buscar su recuperación a nivel bioquímico, celular, tisular y hasta psíquico. Aliviar el dolor y las molestias es una pulsión de vida.

Pero además, así como a través de millones de años de evolución generamos mecanismos bioquímicos y fisiológicos para relacionarnos con el entorno hostil del planeta y sobrevivir, nuestros antepasados también desarrollaron habilidades sociales destinadas a la supervivencia individual-colectiva. Una de estas habilidades es la que en castellano denominamos “empatía” es decir, tenemos la capacidad de reconocer el sentir ajeno, el sentir del otro, de la otra, incluso si no es de nuestra especie  -hoy se sabe que la empatía no es privativa del ser humano, sino que otras especies animales organizadas socialmente también la han desarrollado-.  De esta forma aprendimos a sentir el sufrimiento ajeno y cuando alguien enferma, lo humano, lo natural, lo elemental es buscar que la otra persona sane, que deje de sentir dolor o molestias. Esta búsqueda de la sanación ajena es común a todas las culturas primitivas y tal vez uno de los legados de sobrevivencia más hermosos y complejos que hemos heredado. La búsqueda de la salud del otro también es una pulsión de vida generada por la convivencia social de nuestra especie. La conducta social natural es ser solidario, empático, porque eso implica la supervivencia colectiva, la de otros y al mismo tiempo la propia.

Si consideramos esa pulsión colectiva de vida y esa necesidad de ser empáticos con los demás para garantizar nuestra propia supervivencia, resulta fácil comprender por qué nuestros antepasados evolutivos (al igual que otras especias en la actualidad) protegían a los integrantes de sus grupos y si alguien del grupo sufría una enfermedad, lesión física o cualquier afección del cuerpo o de la mente (o incluso afecciones ligadas a las emociones y la espiritualidad), los otros miembros de la comunidad buscaron alternativas para que la otra persona a recuperar la salud. Dependiendo del contexto ecológico, las adversidades del entorno y los procesos históricos, los pueblos del mundo desarrollaron distintas formas de  entender por qué enfermamos y generaron los conocimientos sobre las cosas que les afectaban y las alternativas con las que contaban para sanar a sus heridos y enfermos. (Por eso cada que desaparece, o se hace desaparecer una cultura,  desaparece un acervo milenario de entender los procesos de salud enfermedad y los recursos que habían desarrollado para recuperar o preservar la salud).

Como cualquier actividad compleja, el curar se fue especializando, surgiendo personas dedicadas a curar o atender las dolencias de los miembros de su comunidad, personas que pertenecen a una tradición de médicos (as) curanderos (as), chamanes, parteras (os), brujos (as), sabios (as) de distinta denominación que atesoran los conocimientos que su comunidad genero por miles de años para resolver los problemas que ponen en riesgo la vida, la salud física y mental, de los individuos y de la comunidad entera.

Estudiantes del PROSAH

Copyright Edmundo Morales Galindo

Hasta aquí podemos ir dilucidando la forma en la que respondo a la cuestión del origen y razón de ser de la práctica de curar, no solo el de la práctica médica occidental actual, sino el común denominador de todas las prácticas de curar que existen en el mundo. Ese origen común está en la empatía y su deseo de proveer a los otros miembros de la comunidad los recursos necesarios para recuperar su autonomía, el poder ser y el poder hacer, libres de dolor o malestar; esa actitud ante el sufrimiento ajeno garantiza la supervivencia colectiva del grupo, de la sociedad y de la humanidad entera. El enfermo es alguien que necesita ayuda solidaria (nunca caritativa) para recuperar el poder de realizarse personal y comunitariamente, el acto de ayudar a sanar nace originalmente por el sentí-pensamiento de que la ayuda al otro garantiza la vida nuestra y la de nuestra especie. El curar a los demás nace de una pulsión de vida que genera el sentimiento de empatía. El curar tiene su origen en el amor por la vida ajena que es por tanto amor por la vida propia. El acto de sanar es una de las tareas indispensables para reproducir la vida en comunidad.

David R. Copalcua

Copyright Edmundo Morales Galindo

En este sentido las prácticas de curar incluida la medicina científica moderna tienen como origen y razón de ser el cuidado de la vida para la supervivencia colectiva. Este es el principio común que debería dirigir no solo el acto de curar individual de los profesionales de la salud, sino también las políticas públicas orientadas a mejorar las condiciones de vida y salud de la población.

Considerar lo anterior es necesario en momentos en que la práctica profesional de las personas e instituciones dedicadas a sanar a otros está muy alejadas del origen y razón de ser de curar, tema que se tratará en siguiente parte de esta serie de escritos.