Los actos profundos son aquella parte de la memoria que no acepta el recuerdo

JOSE REVUELTAS

 

¿Dónde estamos? ¿Quiénes somos? ¿Para qué estamos? Estas son las primeras interrogantes que se vienen planteando los filósofos desde la antigüedad hasta nuestros tiempos posmodernos; la filosofía en su pretensión de contestar estas grandes preguntas (o mejor dicho metapreguntas: preguntas de preguntas) ha originado corrientes de pensamiento, enfoques, formas de analizar la realidad y lo que no entra dentro de nuestra realidad. Correcto es el razonamiento de Foucault de señalar que con la pregunta ¿Qué es el hombre?, el Kant de la Crítica de la Razón Pura daría inicio a lo que hoy denominamos Antropología. El arte de preguntar fue instruido por Sócrates como la mayéutica, hasta el día de hoy seguimos recurriendo a este añejo método para descubrir donde estamos parados.

Las preguntas anteriores lejos de aterrizar una problemática, nos alejan más y nos provocan buscar más preguntas. No hay una sola forma de interpretar las cosas ni la realidad, ya Gianni Vattimo expuso que:

“Un mundo en el que todo acontecimiento es interpretación es un mundo exclusivamente constituido por símbolos y signos”.

¿Cómo interpretamos?

¿Qué mundo (s)?

Si bien es cierto que el mundo se ha interpretado a base de preguntas y de contestaciones, el mundo también se ha construido de interpretaciones. El meollo no es la interpretación si no la transformación parafraseando a medias a Marx. Pero ¿qué queda después de las preguntas?, ¿qué hay más allá del camino? Vida

En un intercambio más o menos reciente de ideas y a propósito de la nueva guerra contra el enemigo llamado terrorismo, Judith Butler ha lanzado una de las preguntas, a mi parecer, más desafiantes de nuestra era, o tal vez de todo el pensamiento social de posguerra. Judith Butler partiendo de los deudos del terrorismo, de las víctimas y de la misma otredad ha formulado la siguiente polémica cuestión ¿hasta dónde es digna una vida? Esta perspectiva nos pone en cuestionamiento como podemos calificar la dignidad de una vida. ¿Son acaso los indicadores del CONEVAL o INEGI en nuestro país? ¿Más aún es el tipo de vida que hayamos vivido?, o en otra situación ¿Es posible llevar una vida digna?

Ante tales entrecruzamientos la filósofa feminista apunta a un rasgo que pocos nos hemos dignado a mirar: el llanto como catalizador. ¿Por qué el llanto? Butler apunta que:

“Precisamente porque un ser vivo puede morir es necesario cuidar de ese ser a fin que pueda vivir. Sólo en unas condiciones en las que pueda tener importancia la pérdida aparece el valor de la vida. Así pues, la capacidad de ser llorado es un presupuesto para toda vida que importe.”

Para Butler una vida es digna cuando esta tiene la capacidad de ser llorada. El llanto como acto catártico capitaliza el duelo y lejos de mostrar debilidad muestra de qué va y de qué fue dicha vida.

¿Hacia dónde va el llanto?

¿Quién no ha llorado a un ser querido? Todos seguramente en algún momento de nuestras vidas podemos haber sufrido la pérdida de alguien cercano, alguien que no pudo llegar a ser más. Lejos de pretensiones todos hemos sido vulnerables de este acto en algún momento de nuestra vida. El llorar representa la catarsis máxima donde se presenta lo que se fue y ha ido, pero además puede vislumbrar el presente y lo que vendrá. El llanto potencializa la perdida de ese ser y calma el que ya no esté aquí.

En esta catarsis es donde podemos ver la entrada del acto primario de escribir. El escribir resulta otro de los actos catárticos en el que los seres dejan caer todo lo que llevan dentro y lo pueden potencializar en la profundidad de sus textos. Una vida es digna si se llora pero también es digna si es capaz de escribirse. Ejemplos sobran, pero el más emblemático es la obra capital En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Escritura y vida se entrelazan, arrojando profundas catarsis que son dejadas a la libre interpretación de los lectores. La escritura de la memoria, tan arraigada en nuestra América, es otro ejemplo en donde dejar plasmado un acto catártico, dejar plasmadas que vidas fueron dignas de ser vividas, como lo manifiesta la reciente narrativa mexicana a propósito del caso Ayotzinapa.

La memoria es uno de nuestros aliados en esta guerra contra el olvido, guerra que a pesar de pensar llevarla perdida, ha mostrado el aprendizaje que como seres podemos llevar. En el recuerdo de cada caído, de cada verso no pronunciado, en la memoria digna y terca seguimos pronunciándonos. Hechos como las dictaduras en el Cono Sur, el fascismo reciente en Europa, el recrudecimiento del odio en Oriente Medio, no son más que síntomas para repensar nuestras vidas y hasta donde las podemos llevar por el camino de la dignidad

Vivimos en un mundo roto y disfuncional; el llorar y el escribir pueden ser las herramientas que necesitemos en estos tiempos débiles (a propósito de Vattimo), dejar el alma en cada línea y en cada lágrima. Llorar por los que ya no están pero vivir por los que vendrán.