“… ella no se imaginaba a la muerte sino de un modo tranquilo: tal como un río que va creciendo paso a paso, y va empujando las aguas viejas y las cubre lentamente; más sin precipitarse como lo haría un arroyo nuevo. . .” (Juan Rulfo)

La Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) es ahora el hogar de Don Andrés, quien yace víctima de un cáncer de páncreas que los médicos clasificaron como terminal: “Haremos lo posible para mantenerlo con vida”, dijeron. Miguel, su hijo, lo observa desde la incómoda silla destinada para visitas, al lado de la cama. Su padre no es ni la sombra de lo que alguna vez fue, su mirada profunda y comprensiva ahora es vidriosa e inexpresiva, sus manos fuertes y cálidas que sabían reconfortar con sólo estrecharlas ahora son un manojo de huesos y piel deshidratada. Se sumerge en sus pensamientos, olvidando el monótono y rítmico ruido del respirador y los monitores de signos vitales que le indican que su padre sigue con vida, a pesar de que parezca que la vida lo abandonó desde su ingreso. Un beep continuo, tubos, canalizaciones, medicamentos, análisis, son ahora la rutina de ambos, que parece no tener paz al fin. Miguel, médico igual que su padre, recuerda que él le enseñó que en su profesión a veces se olvidan que tratan con enfermos y no con enfermedades, dejando de lado el humanismo con el que se debería ejercer la carrera que tanto les apasiona pero que a algunos los termina por cegar. El aire enrarecido de la UCI lo sofoca y se pregunta “¿Vale la pena mantener a mi padre así?, esto está muy lejos del ‘bien morir’ que él siempre había pregonado”. Sin embargo se encuentra atado de manos, no hay voluntad anticipada que avale dejar de realizar maniobras de reanimación. Los aparatos se vuelven locos emitiendo alarmas. “¡Código azul! ¡Paciente en paro!” se escucha desde el pasillo. Miguel observa impasible, no hay nada que él pueda hacer. Alguien de bata blanca lo saca de la sala y su mente se desconEnsTer2ecta por un momento. Mientras tanto, dentro de la UCI, los médicos realizan mecánicamente la resucitación, porque finalmente, para eso fueron instruidos, para mantener la vida, pero: ¿A qué costo? Miguel reacciona solamente para ver que el corazón de su padre ha vuelto a latir, no puede evitar sentir una punzada de dolor. ¿Por cuánto tiempo más va a sufrir? ¿Por qué esa obstinación por mantener una vida que ya no es tal?

Casos como el de Don Andrés y Miguel ocurren a diario en la mayoría de los hospitales del país. Se  llama “Encarnizamiento terapéutico”  a toda aquella práctica médica basada en la aplicación de métodos extraordinarios y desproporcionados de soporte vital en enfermos terminales, y  la que, por el grado de deterioro órgano-funcional, no suministra beneficio alguno a los pacientes y simplemente prolonga su agonía de manera innecesaria.

En nuestra formación médica se nos insiste en que “debemos salvar vidas”, práctica que cruza fácilmente la delgada línea entre la buena práctica y la obstinación terapéutica, tiñendo de futilidad a la medicina y olvidando uno de los principios de la bioética: La no maleficencia, que parte del Primum non nocere (Primero no dañar) de Hipócrates, mediante la cual reconocemos que no es lo mismo hacer el bien que evitar el mal. Así, médicos inexpertos, abusivos u obstinados, son algunos de los que ejercen esta mala praxis que sólo lleva al desgaste del enfermo, de la familia y del resto del personal hospitalario.

No es sino hasta el 2009 que se comienza a legislar acerca de los cuidados paliativos que velan por el bienestar del enfermo terminal, tomando en cuenta que cuando ya no hay nada que hacer es cuando más se debe hacer. El 5 de enero de 2009 se reformó el artículo 184 de la Ley General de Salud, incluyendo la Ley en Materia de Cuidados Paliativos. En 2010 se publica la Guía de Referencia Rápida en Cuidados Paliativos. En noviembre de 2013 se publica el decreto por el que se reforman y adicionan diversas disposiciones del reglamento de la Ley General de Salud en Materia de Prestación de servicios de Atención Médica. El 9 de diciembre de 2014, es publicada en el Diario Oficial de la Federación, la Norma Oficial Mexicana -011-SSA3-2014: Criterios para la atención de enfermos en situación terminal a través de cuidados paliativos. Finalmente, el 26 de diciembre de 2014, se publica el Acuerdo por el que el Consejo de Salubridad General declara la obligatoriedad de los esquemas de manejo integral de cuidados paliativos.EnsTer

Estas leyes tienen el fin de evitar llegar a una obstinación terapéutica que incremente la fragilidad del paciente en tales condiciones. No se trata de acelerar su muerte ni de prolongar la vida inútilmente, sino de ayudarle tanto al enfermo como a la familia a aceptar la muerte como una condición inevitable y cercana, y así estar entrenados y preparados para saber qué conducta asumir en caso de una emergencia paliativa e incluso en el momento mismo de la muerte. En México el territorio de los cuidados paliativos es relativamente nuevo, por lo que no se encuentran Unidades de Cuidados Paliativos en todos los hospitales del país y el conocimiento en la comunidad médica es escaso, así que se sigue cayendo en actitudes poco éticas con la falsa impresión de “salvar la vida a toda costa”.

Es justamente esa utopía mal intencionada la que caracteriza al ensañamiento médico: actitudes médicas que transgreden el principio de la autonomía del paciente ¿El paciente quiere que se le haga eso? Esas malas intenciones van más allá del arraigo del pensamiento del médico hacia preservar la vida, sino que tienen un trasfondo económico. Más prácticas de soporte vital -involuntario- requieren más consumo de recursos, días de hospital, horas de trabajo, medicamentos e insumos que la institución hospitalaria tendrá que solventar o la familia tendrá que cubrir en caso de encontrarse en una institución privada.

Lo que nos dicen acerca de la próxima Reforma de salud en México es que busca unificar las instituciones públicas con el fin de brindar atención en cualquier centro hospitalario, lo que no nos mencionan es si dichas instituciones tienen la capacidad de brindar los servicios a la cantidad de la población que los solicitará, así como tampoco nos dicen que dicha cobertura de salud sólo abarcará las “enfermedades más comunes” dejando de lado las que más aquejan al grueso de la población mexicana, es decir, las crónico-degenerativas como cáncer, diabetes e hipertensión, entre otras, con igual importancia y costo.

¿Cuál es la gravedad de esto?

Significa que los tratamientos para esas enfermedades ahora serán brindados de forma privada, así que el paciente tendrá que solventar los gastos que se generen. Más enfermos se quedarán sin la oportunidad de recibir los tratamientos adecuados, y en el caso de que puedan conseguirlos, si son víctimas del ensañamiento terapéutico, sus cuentas de pago se elevarán en cantidades exorbitantes, dejando a la familia prácticamente sin recursos. Por todo esto, el médico, el paciente, la familia y la sociedad deben involucrarse en evitar el afán de lucro y en respetar los derechos del paciente terminal así como de su familia, y no transgredir los principios bioéticos con los que deberíamos conducirnos quienes practicamos esta profesión.