¿Ser aptos o no?

La elitización de la educación superior

 

Charles Darwin utilizó por primera vez la frase “la supervivencia del más apto”[1], hasta la 5ª edición de El origen de las especies, publicada en 1869.  Seguramente, cuando Darwin la retomó de Herbert Spencer, quien la publicó primero en su libro Principles of biology, en 1864, jamás pensó que sería utilizada con fiereza en muchos casos, y con ingenuidad en otros, para justificar ideas como el sexismo, la explotación, el racismo, el colonialismo y el elitismo.

La historia del siglo XX está plagada de estos ejemplos, donde la supremacía del (o los) más apto(s) resulta una premisa de relevancia. El nazismo es un claro ejemplo.

Actualmente, en pleno siglo XXI, esta frase se manifiesta de manera común y desafortunada, con sus distintas variaciones y una gran gama de temas.  Uno de ellos: el problema de la exclusión de la educación superior en México, en general, y en Puebla, en particular, donde la bandera de la exclusión por parte de las autoridades, y que tristemente la ciudadanía acepta y promueve, es: “ingresan las personas más aptas”.

Por tomar un ejemplo, para este proceso de admisión 2016, por primera vez, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), se inventó (sí, en todo el sentido de la palabra) un tercer filtro (además de los dos exámenes que de por sí hace) para el caso de algunas carreras del área de ciencias naturales y de la salud ¿La razón? Para determinar qué personas son aptas para alguna carrera, entre ellas, fisioterapia, odontología, medicina, etc.

El Curso de inducción para el área de la salud, tal como lo denominó la BUAP, consistió, de acuerdo a algunas personas que lo tomaron (pues aspiraban a la licenciatura en medicina, la más demandada, y por tanto, la que más rechaza estudiantes), en un curso dividido en tres días. El primer día fue un “curso teórico” de RCP y un examen relacionado con ética de la salud; el segundo día consistió en la charla acerca de la licenciatura en medicina; por último, al tercer día, siguiendo una especie de tradición católica, como evaluación final, los jóvenes tenían que simular la reanimación de un paciente (maniquí) a través de la técnica RCP. La evaluación de este curso inductivo, muchos jóvenes con argumentos bastante razonables la pusieron en duda.

Ahora aclaro: mi intención no es problematizar la forma en cómo se evaluó  este curso de inducción, sino más bien cuestionar la existencia misma de la prueba:

¿Es válido usar este tipo de pruebas para señalar qué estudiantes de nivel medio superior son aptos? Mi respuesta: no.

Veamos, para comenzar: ¿en todas las preparatorias técnicas y bachilleratos generales (del estado de Puebla y del país, porque también participan estudiantes de otros estados) contemplan una formación precisa que pueda prever este tipo de evaluaciones para el área de la salud? En algunas probablemente sí, pero en otras no.

¿El estudiantado que ahora ingresa “supuestamente más apto” porque aprobó una tercera evaluación conducirá a la BUAP a una mejor generación de médicos? Lo dudo. Como en todas las generaciones, habrá profesionistas académicamente malos y otros muy buenos; unos con ética admirable y varios más que como humanistas no valdrán nada.

Ahora bien, el clásico y popular argumento discriminatorio: “Quienes no se quedaron son unos burros porque no estudiaron” ¿es válido? No lo es, pues en años anteriores (de 2015 hacia atrás, al menos) hubo jóvenes que no se quedaron en medicina (entre muchas otras licenciaturas) porque les faltaron 55, 30, 10, 5, 3 puntos, etcétera. ¿Unos cuantos puntos pueden medir el a posteriori desarrollo profesional de la juventud? Para nada, eso es simplemente irrisorio.

Respecto a la ampliación de matrícula ¿Quién tiene la culpa: los aspirantes excluidos que exigen un derecho a la educación pública (como lo dice el artículo 3° de nuestra carta magna) o las autoridades universitarias, municipales, estatales y federales por no hacer esfuerzos por garantizar la educación? Para responder esta pregunta, probablemente usted coincida que son las políticas gubernamentales de los niveles referenciados, sin embargo, también podrá decir: “pero es que ya somos muchos en los salones; ser tantos devendría en una mala educación”. Pues sí, los salones se atiborrarían y la atención al alumnado podría ser precaria. No obstante, déjeme decirle que si revisa la historia de nuestro país, en el año de 1968, una de la consignas de nuestros hermanos universitarios masacrados en Tlatelolco fue la ampliación de matrícula en las universidades ¿Qué quiere decir esto? Que el problema de los recursos destinados a la educación superior ha existido, por lo menos, desde hace unos 50 o 60 años, cuando la población mexicana era de alrededor de unos 50 millones[2] de habitantes (menos de la mitad de lo que ahora es: 118 millones). De tal modo que el problema de la educación en México nunca ha estado determinado por la cantidad de estudiantes, sino más bien, por las políticas gubernamentales que no dan cabida a la educación. México no destina ni el 1% de su PIB a este rubro; sin contar que Puebla es la segunda ciudad con mayor número de universidades privadas en el país (solo detrás de la Ciudad de México[3]), indicador de la privatización de la educación pública.

Para mis fines utilicé como ejemplo la prueba al área de ciencias naturales y de la salud que implementó la BUAP en este año, sin embargo, la opinión que acabo de verter puede aplicarse a un montón de pruebas discriminatorias en las universidades del país.

 

A modo de conclusión

Algunas compañeras y compañeros de la Escuela de Biología me comentaban que, en efecto, en las universidades solo están las personas más aptas. Supongo que se creyeron muy darwinistas. Al sector científico que pueda tener arraigada esta idea le pido: no descontextualicen a Darwin. Otros universitarios, de carreras distintas a la de biología, con los que debatí este tema también me llegaron a decir: “así es esto, es la supervivencia del más apto”. A ellas y ellos les digo que no es así. El hecho de pertenecer al sector universitario no nos debe hacer creer como los “seleccionados” organismos supremos que están encima de los demás, sino todo lo contrario: el estar en una universidad pública debería hacernos reflexionar sobre el hecho de que vivimos en un país injusto en el que a muchos aspirantes, literalmente, les cortan sus sueños y proyectos de vida. Es triste ver que la creencia de ser superiores, o más bien dicho “aptos”, justifique la burla hacia la juventud excluida de la educación ¡A este jodido mundo le hacen falta mejores personas, no profesionistas engreídos!

Al extrapolar este tipo de frases, con cierta solidez científica para explicar un proceso en la naturaleza, debemos tener mucho cuidado. La oligarquía la utilizará para seguirse beneficiando del empobrecimiento económico e intelectual de la población, mientras que la ciudadanía la acatará de manera ingenua, con el riesgo de eclipsar las causas ilegítimas que despojan a la juventud de la única arma que podrá tener ante este aterrador mundo: la educación. Exigirla es un acto legítimo.

 

 

 

Referencias

[1] Aunque esta frase fue acuñada, primero, por Herbert Spencer, en su libro: Priciples of biology, de 1864.

[2] Datos obtenidos de El banco mundial

[3] En la máxima casa de estudios del país: la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), por ejemplo, en el primer proceso hecho en marzo de 2015, de 128 mil 519 estudiantes que presentaron examen de admisión, solo fueron seleccionados 11 mil 490. Fuente: La Jornada.