An illustration of dinosaurs fleeing a meteorite impact.

Imagen de National Gegraphic: What Killed Dinosaurs: New Ideas About the Wipeout

 

El 26 de diciembre de 1912, luego de fugarse de la prisión militar de Tlatelolco, Francisco Villa[1] huyó hacia El Paso, Texas. Luego de permanecer un breve tiempo ahí, cruzó el Río Bravo con dirección a Ciudad Juárez con apenas ocho hombres. En esos momentos ¿quién pensaría que un bandolero ignorante vuelto revolucionario, quien no contaba ni con una decena de hombres bajo su mando, en tan solo seis meses[2], se convertiría en el máximo general de la formidable y casi invencible maquinaria de guerra que fue la División del Norte, compuesta por aproximadamente 30 mil soldados? Con mucha seguridad puedo decir que ni el mismo Villa tuvo tal sospecha. Sin embargo, a la luz del análisis retrospectivo, los historiadores pueden explicar cómo es que se dieron todos esos eventos contingentes que hicieron de Villa el general de la División más temida de la Revolución mexicana. Y así como en la historia de México han ocurrido eventos a partir de cuyas condiciones iniciales es difícil imaginar en lo que desembocarán, también ocurren en la historia de la vida.

Cuando analizamos los eventos que han ocurrido en la historia de la vida hay algo fascinante. Existen contrastes tan maravillosamente sorprendentes entre 1) las condiciones iniciales (o previas) de los eventos y 2) en lo que desembocaron dichos eventos. Por tanto, y lo señala Gould:

“La contingencia, o la tendencia de los sistemas complejos con componentes estocásticos sustanciales e interacciones no lineales, intrincadas entre componentes, a ser impredecibles de entrada a partir del conocimiento de las condiciones iniciales, pero cuyo desenvolvimiento es plenamente explicable a posteriori.” (2010, p. 70)

Es decir, al tener conocimiento de cualesquiera que sean las condiciones iniciales en las que se encuentre un sistema orgánico (organismos, especies, etc.), y dada la complejidad de sus componentes, así como la complejidad de las interacciones en las que participa, sería difícil predecir el futuro en el que culminará dicho sistema orgánico. Sin embargo, a posteiori (es decir, después de que hayan ocurrido los hechos en el sistema), es posible identificar y explicar –plenamente– las causas de esos eventos contingentes, así como los eventos a los que dio pie.

La contingencia como característica de la historia, y en este caso particular, de la historia de la vida, no significa aleatoriedad, sino más bien imprevisibilidad. Pues para que el fenómeno “C” ocurriese, antes lo sucedieron los estocásticos eventos que van de “A” a “B”. Si fuese aleatorio, el fenómeno “C” no sería el mismo aunque ocurriesen los eventos de “A” a “B”, sino algo muy distinto que en una mala interpretación podría rayar en deducciones hasta imposibles.

Para explicar los misterios que envuelven a la historia de la vida no podemos recurrir a deducciones directas de las “leyes” de la naturaleza, sino todo lo contrario: debemos tener en cuenta que “las explicaciones históricas descansan sobre una secuencia impredecible de estados antecedentes, en la que cualquier cambio importante en cualquier paso de la secuencia habría alterado el resultado final. Por lo tanto, este estado final depende, o es contingente, de todo lo que ocurrió antes: la imborrable y determinante rúbrica de la historia” (Gould 2008, p. 355).

La diversificación del linaje de los mamíferos es el resultado contingente de eventos impredecibles previos; siendo el evento clave la inesperada extinción de los dinosaurios. Veamos: los dinosaurios fueron un grupo de reptiles que proliferaron desde el período Triásico, hace aproximadamente 231 millones de años, y vieron su fin hace más o menos 65 millones de años, cuando la caída de un meteorito de entre 7-10 kilómetros de diámetro (denominado también: evento K-T) “impactó a la Tierra con los 104 megatones equivalentes a todas las armas nucleares juntas” (Gould 2010, p. 50).

Los dinosaurios, como grupo dominante de la Tierra, se integraban en este grupo con representantes de variados tamaños: desde el pequeño Compsognathus longipes, de unos 1.2 metros de largo y 3.5 kg de peso, hasta el titán sudamericano Dreadnoughtus schrani, con sus 25 metros y 65 toneladas de peso. Pero eso no es todo, los dinosaurios también ocupaban la tierra, los mares y los cielos. En términos sencillos, los dinosaurios fueron el último escalafón evolutivo de la tierra durante casi 135 millones de años (en los períodos que comprenden el Triásico, el Jurásico y el Cretácico).

Con todas las virtudes biológicas que poseyeron los dinosaurios, ¿quién pensaría en su extinción? A posteriori podemos explicar su terrible final. Sin embargo, (como diría mi ídolo S. J. Gould) regresemos un poco la cinta magnetofónica de la vida y reflexionemos profundamente: los dinosaurios no tenían que temer su extinción, pues hasta antes del evento K-T todo les favorecía. Constituían un grupo diverso que dominaba todos los nichos ecológicos que podríamos imaginar. Inclusive hay quienes señalan que muchos saurios podrían haber tenido sangre caliente, así como mostrar complejas interacciones sociales[3]. Su gran éxito desplazó la proliferación de los mamíferos, quienes eran depredados por estos reptiles.

El evento K-T fue un infortunio para estos reptiles, pero una contingencia bendita[4] para los mamíferos, que luego tomarían en sus garras el poder de la Tierra. Los mamíferos, después de la abrupta desaparición de los dinosaurios, pudieron ocupar los “nichos vacíos” y diversificarse de una manera insospechada a un grado tal que alcanzaron la megafauna (mamíferos de gran tamaño como el Mamut lanudo, los perezosos gigantes y la gran Bestia de Baluchistán).

El cruento choque del bólido K-T que dejó su huella en Yucatán, México, es la clara muestra de eventos que de manera impredecible cambiaron significativamente el rumbo de la vida en la Tierra. Tomemos en cuenta que sin la extinción de los dinosaurios los mamíferos no habrían logrado proliferar, y eso por supuesto hubiese evitado el origen del linaje que luego diera lugar a la especie Homo sapiens.

Todas las especies orgánicas que habitamos la Tierra somos producto de un sinfín de eventos contingentes que se han expresado en la historia de la vida. En esta ocasión me serví de utilizar el  (muy trillado, pero demasiado evidente) ejemplo de la extinción masiva de los dinosaurios. Sin embargo, existen otros eventos que han sido relevantes en la historia de la vida: por ejemplo, la importante aparición de la célula eucariota (evento del que se dice, solo se produjo una vez).

De verdad considero que cuando sepamos plenamente que somos el producto de eventos contingentes que ocurrieron una sola vez en el monstruoso tiempo geológico de la Tierra, seremos capaces de revirar el rumbo de nuestras vidas y luchar contra quienes desvirtúan la existencia humana (gobiernos corruptos que desaparecen estudiantes, machistas que asesinan mujeres, capitalistas que en sus empresas fomentan la explotación).

 La próxima vez que se enamore, agradezca a un descortés meteorito que llegó a la Tierra sin avisar.

 

Bibliografía

Gould, S. (2010). La estructura de la teoría de la evolución. 3ª edición. Editorial Tusquets. Barcelona, España.

Gould, S (2008). La vida maravillosa. 2ª edición. Editorial Crítica. Barcelona, España.

 

Notas

[1] Para los propósitos del escrito fue inevitable utilizar a Francisco Villa. Encontré aquí un buen ejemplo de contingencia, pero además, se debe a mi ciega admiración por el Centauro del Norte.

[2] Taibo II, I. (2006). Pancho Villa: una biografía narrativa. Editorial Planeta. México, DF.

[3] Para saber más, véanse los ensayos: ¿Eran tontos los dinosaurios? Y El revelador hueso de los deseos, de Stephen Jay Gould.

[4] Espero que al usar la palabra “bendito”, no se mal interprete al evento K-T como hecho propiciado por alguna agencia divina: sea el místico Dios cristiano, o el Espagueti Divino de la Frikipedia.