Supongamos que el mundo nació hace pocos días. De ser así, el número de cambios ocurridos de pe a pa no sería una tira larguísima de contar o prácticamente infinita. Las cosas tendrían un orden claro, tal vez ambiguo en los casos más explosivos, por razones de lenguaje, pero podríamos decir que sería una descripción completa de todo lo que es, cuando menos en todos los puntos significativos para nuestro ente observador. Las explicaciones del mundo serían líneas que cualquier estudiante podría seguir y trazar con bastante precisión, y pertinencia, sobre todo. Se podría mencionar, por poner una duración, que “han ocurrido seis ‘días absolutos’ desde que inició la creación”, y que en consecuencia, “el relato de todos los acontecimientos es el siguiente: primero, el evento cero tiene lugar y desencadena las condiciones primordiales que sostienen el fenómeno perceptible, ocurre pues la continuidad…” Se podría decir así cuáles son las reglas de juego de la existencia misma y podrían listarse todas las que nos sean observables. Diríamos y sabríamos que a todo eso pertenecemos todos.

El punto es que, si fuera el caso, no habría omisiones. Sólo habría un mundo nuevo para una vida nueva. La humanidad en su paraíso, o la animalidad sin su mente de enemistad.

Dibujo

Pero no es así este mundo. Vivir aquí incluye vivir una miríada de disimulos y olvidos. Sabemos que algo siempre termina soterrado, disgregado por descarte. A veces se ocultan los displaceres y los temores, a veces, las simples nimiedades aparentes (sí, también se rezaga lo inicuo, tal vez en mayor abundancia que lo inocuo). Algo hay en el mundo que recicla los principios de acción y de toma de decisión, algo que nos vuelve, hablando en términos estrictamente naturales, leguleyos con la realidad física.

Demos otra vuelta de tuerca y pensemos en nuestra primera suposición, aquella de que el mundo es joven. Agreguemos a esa verdad que el mundo visible, es decir, que un vistazo a ese mundo recién hecho tiene el aspecto del mundo que estamos sintiendo aquí y ahora, por medio del cual este texto llega a nosotros y pudo haber sido generado. Ese mundo oscuro referido recién es esa creación hipotéticamente joven.

Confianza, que de aquí somos.

Algunos creacionistas tienen un conflicto con la antigüedad del mundo. Aceptan el testimonio bíblico del gran diluvio y dicen que el mundo no es viejo, que tiene cuatro mil y pico de años. Dicen que hubo efectivamente una extinción masiva a causa de aquella lluvia interminable y universal y que no hubo una lenta evolución de las especies. Explican los fósiles colocando entre las bajas de la gran catástrofe la de los dragones y grandes serpientes; pero hablan de imprecisiones geológicas, del margen de error de la radiactividad, los fósiles que yacen verticales en varias capas de sedimento. Mayormente, la fuerza de sus argumentos descansa en la fuerza de su comunidad de creyentes, dicho esto en tiempos de gran crisis para la fe.

Jorge Luis Borges, un tanto más brillante, en alguno de sus ensayos, cuyo nombre no recuerdo, describía la creación con un principio no necesario, como si fuese posible que el mundo apareciese sin estar en su comienzo y solamente sucediera desde su comienzo. El devenir y acontecer -el cambio, dirán- es bastante sólido e incontrovertible para la moralidad del presente, de modo que habría una continuidad, el mundo tendría alguna coherencia y dirección, pero no una etapa previa forzosamente anterior a la actual, nada anterior, por fuerza, a ese punto temporal que podríamos llamar el aquí y ahora mismo. Si la historia moderna y lineal tuviese la forma del orden del abecedario, su primer momento sería la A y el último la Z. Borges dice que Dios pudo haber creado el mundo desde una letra muy posterior a la primera, para nuestro entretenimiento. Es muy razonable pensar esto así: el mundo fue creado hace poco, con todo y su antigüedad. Los vestigios son nuevos, a pesar de ser viejos.

¿Cuánto hace ya que naciste? ¿Hace cuánto nací yo?