Pablo Iglesias, figura líder de Podemos.

Pablo Iglesias, figura líder de Podemos.

Estas palabras son motivadas por dos videos subidos a YouTube, en donde habla el personaje Pablo Iglesias. Por qué escogimos esos dos videos en particular es una contingencia cualquiera. Otras participaciones pudieran ser contenidos más relevantes o mejores exponentes de la verdad histórica o más óptimos para una lucha concreta, pero en lo que a nosotros concierne, el contexto de origen se nos ha perdido. Advierto además que estas letras son enunciados salidos desde un trozo de México y una minúscula red digital sin ninguna intención de definir el futuro de Podemos o de otros partidos europeos. Lo que estos consigan y cómo se desarrolle la situación de España o de Portugal no lo pretendemos adivinar ni sabríamos criticarlo. Sin embargo, les deseamos lo mejor y esperamos que los distintos pueblos prosperen y tiren a la casta, cuyas canalladas nos repugnan y recuerdan tanto a la injusticia y el empobrecimiento de lo humano y la comunidad global. Lo que sí intentamos establecer aquí es una reflexión general para una oposición general en miras a la transformación de la política y de la economía. En ese sentido, esto es un pedazo de obra generalista, para la mera recreación o la estimulación de las ideas.

Distinguimos primero que Iglesias habla de cuatro tipos de sujetos o actores políticos. De cada uno destaca rasgos con convincente claridad y a nosotros nos interesa comentarlos. Se trata de: los enemigos (“la casta”), los diagnostas (“los politizados”), los organizados (“las organizaciones”) y la mayoría (“el pueblo”). Los enemigos y el pueblo encarnan la contradicción principal, a saber, que una clase de personas, ridículamente chica en número, concentra gran parte del poder y la riqueza del mundo, mientras el grueso de la población padece condiciones indignas para su humanidad, aunque sean los propiamente causantes de mover el mundo. Los otros dos actores políticos tienen varios puntos de coincidencia, pero unos se enfocan en entender los fenómenos y los otros en cumplir tareas sociales de articulación.

I

Los enemigos a los que se refiere Iglesias son identificados como la casta, personas materialmente enriquecidas a costa de la mayoría. Son ellos en buena medida los responsables de que la expectativa de vida para los jóvenes sea menos optimista que la de sus padres. La podemos describir como una agrupación minoritaria que por su condición tiene el control de los movimientos explícitos del poder en la democracia. El enemigo, entonces, es la oligarquía de la democracia actual. Habla a nombre del pueblo o de la nación, pero sus inquietudes están filtradas por su clase, clase que se ha consolidado a lo largo de una acumulación histórica de injusticias y despojos. Desde luego que la casta no es homogénea, está habituada a dividirse en intereses particulares, cada uno de los cuales son defendidos por medio de una construcción artificial de oposiciones políticas. Decimos artificial porque cualquier oposición que venga de ellos no va a comprometer las prerrogativas sociales de las que son beneficiarios. Para conseguir este escenario, diseña un lenguaje y movimiento político, lo que, por su duración, genera historia y bemoles inagotables de comentar. Gracias a que siempre tienen especialistas opinando sobre lo que sucede y criticando unas y otras partes, se instaura la verosimilitud de que el teatro montado es cosa seria. Pero ellos temen, siempre temen, porque tienen mucho que perder. Gozan de beneficios y poderes discrecionales que les permiten prosperar en un entorno económico desigual que no perdona el hambre ni la marginación. Por supuesto, para ellos, desde sus alturas, la gente de a pie no representa dramas en su existencia, son apenas recursos para darle significado a su saliva, para la venta de sus promesas.

El enemigo teme o se desestabiliza cuando aparece un contrincante que no opera de acuerdo con sus modos políticos y viola sus expectativas. Necesita que la oposición sea su igual de clase o cuando menos que esté codificada únicamente según sus categorías, para que siempre juegue a las reglas que ellos mimos dominan en conjunto, como clase. Para ellos un mundo radicalmente nuevo no es posible, todo cobra sentido a partir de su herencia y de las dignidades o atribuciones de que son portadores. Por supuesto, el enemigo no pierde seguridad ante cualquiera que le lance improperios o predique verdades como puños en su contra. El enemigo del enemigo, para que sea rival de la clase en el poder, debe tener notoriedad, debe tener la capacidad de llamar a sí los reflectores y transmitir sus mensajes con la misma fuerza que las mejores marcas del mercado, es decir, deben expresar consignas breves y directas. Cuando los enemigos son retados por un actor que no tiene presencia generalizada no percibe amenaza real. Una de las causas por las que una oposición del pueblo o nacida desde abajo no tiene predominio es su conservadurismo. Se equivocan todos aquellos que se parapeten en sus signos particulares, probablemente plagados de historias de desprestigio y prejuicios descalificantes, como cualquier otra víctima dominada por el discurso de la oligarquía o de la hegemonía. Cuando el rival potencial se enfoca demasiado en conservar su identidad se aisla y se anquilosa, pierde capacidad de contacto, no ya sólo con el enemigo, sino con la gente común y corriente. El enemigo sólo se verá preocupado o sentirá que le alcanza el fin de los tiempos cuando perciba que un diferente consigue convencer mayorías y aglutinar simpatías, cuando persuade alguien fuera de su clase y estilo de vida cupular, que maneja otro lenguaje y tiene propósitos de otra naturaleza (que busca el auténtico bien común, por poner un caso). Esto es lo que muchos han pedido reconocer como unidad popular, ese momento en que el enemigo encuentra a un verdadero rival, uno que subvertirá su control de las reglas del juego y que dejará de lado su guiñol de transiciones políticas y democráticas.

Los enemigos, nuestros enemigos, son los que se detectan desde diversas latitudes en una forma de democracia muy particular. Por democracia aquí entendemos más que la idea estereotípica y moderna de democracia, hablamos de un discurso ideológico, de la percepción global donde se la representa en casi todos los medios como mejor modelo de organización política posible, eso que sugieren, además, se debería establecer en todos los territorios del planeta. Pues bien, en esta democracia es que se percibe el enemigo. Lo notamos incrustado inherentemente a esa idea de democracia. Esa clase maligna, por exagerar tantito, es también la aplicación lógica y directiva de los poderes económicos, al mando hoy de los sueños que el s. XX construyó con el nombre de proyectos de nación y cooperación global. Dicen que no es posible una política mejor, ¿por qué será que todos los que resisten están pensando en algo mejor? ¿Por qué será que se los describe como delincuentes, criminales o terroristas, cuando solamente piden que no se disponga de su vida y su salud o que no se los mate arrebatándoles el agua, la tierra y la organización?

Pero hagamos un alto aquí. No es casual que se hable de enemigos en política. La política es una lucha de poder, consiste en “tener éxito”, dice Iglesias. La victoria es posible sólo si se identifica al adversario, lo que en lo social se traduce a quienes deben dejar de estar al mando de la situación. La lucha nace conceptualmente de un binomio clásico que se constituye con una intención destructiva, de socavamiento y de mitigación. De aquí salen los contextos semánticos de ganar/perder, conquistar/liberarse, paz/guerra, valor/miedo. La guerra demanda enemigos porque es un lenguaje que amplifica el individualismo sobre la comunidad total, promueve la prevalencia de una intención por encima de las demás. Esto es la creación del Rey y su servidumbre o del capitán y el resto de la tripulación. No es tan grave la acción como pueda parecerlo a primera vista, se acota sola porque es incapaz de ir infinitamente en contra de la propia naturaleza humana que es gregaria, incluso generosa, cuando libre de amenaza. Si las historias de guerra no terminan en la aniquilación total es porque el individuo que descuella busca el beneficio propio, y ese beneficio incluye un comportamiento en los otros distinto a la muerte. La victoria, en el marco de una lucha política, es el sometimiento de la voluntad de los perdedores encaminando su actuar de modo tal que no perjudiquen el discurso ganador, para que en el mejor de lo casos lo cultiven.

Si es difícil para la propia sensibilidad lidiar con enemigos, al menos no debe taparse la realidad ni esconderse que hay discursos vivos que están en pugna, y que unos relatos son más generosos que otros y que esos deben prevalecer, y no se va a lograr con meros buenos deseos. La pasividad hace el caldo gordo a los abusivos, y algunos discursos son autodestructivos o se cobran decenas de miles de vidas. Porque sí, tengámoslo claro: las palabras matan, en muchos niveles y momentos. Mata una declaración de guerra, un dictamen de pena capital, las firmas de desregulación ambiental y desregulación laboral. Mata las normas de la economía, automatizada y sin idea alguna de la magnitud humana y personal. También mata el lenguaje del odio que hace de los enemigos criaturas viles, irresponsables, irracionales, miserables, condenadas, descartables. Creer que se puede ganar con un revólver, sin palabras, eso también mata.

Algunos difusores de mitos hablan de la guerra como si hablaran de una ley natural, como si la lucha fuese inescrutable e inevitable la crueldad en la sola existencia. Llevan algo de razón, si atienden al movimiento, pero también exageran, especialmente cuando destacan las garras y dientes ensangrentados del mundo animal mientras omiten el amor que se describe a cada oportunidad en la historia del evolucionismo, sea físicalista o espiritual. La selección natural no es una sucesión terrible de injusticias, es una condición del mundo con la que se puede jugar mucho y divertirse a mares. Lógicamente, si nos organizamos, todos podríamos coger, como señala un meme de Habermas (un teórico generalista bastante popular que ha estudiado el espacio público).

Habermas es un loquillo.

Habermas es un loquillo.

Si exploramos las distintas guerras y sus registros, veremos que tienen ciertas reglas generales, nos guste o no. Al observarla aparecen ciertas líneas de trabajo que nos hacen pensar sin descanso. El asunto de luchar y vencer se construye con estrategia, tácticas y planes. Implica análisis más allá del reconocimiento de un enemigo. Requiere identificar todos los vectores de las fuerzas políticas, ubicar su participación en el tiempo y el espacio, determinar los instrumentos que tienen a la mano y diversificar sus acciones en un repertorio de formas de lucha y planes de acción. Reconocer a los enemigos apenas y es un detalle del complejo problema de estudiar y componer el universo social. Para abordar este entramado, aparecen en la discusión los diagnostas y los organizados, actores políticos especiales que tratan de mejorar las condiciones de la mayoría.

II

Los diagnostas son los geniecillos que se las dan de especialistas en la materia social, revolucionaria e ideológica de su gusto. Como están politizados desde hace mucho tiempo y los respaldan muchos libros, autores y modelos, tienden a pensar que la razón los asiste y también la verdad histórica. En efecto, están lejos de balbucear arbitrariedades, pero también distan de influir en la percepción y en las actividades de la vida cotidiana de la población mayoritaria a la cual presuntamente quieren beneficiar. No pueden ser protagonistas de la transformación social porque son, ante todo, individuos, seres cuyo comportamiento es especial y poco imitable por una comunidad. Si pudiéramos entrar a la cabeza de un diagnosta, encontraríamos extensas regiones que consisten en experiencias históricas, hechas a partir de diálogos y reportes con gente a la que generalmente no conocieron. Están plagados de datos e informaciones cuyo contexto y sentido tiende a ser impreciso, y si somos primerizos en ese laberinto mental singular, no podremos encontrar algo claro y concreto, tal vez mucho carecería de sentido. Sin embargo, los mayores parangones de rigor lógico y exactitud los encontramos entre los individuos que poseen mentes así, aunque sus ámbitos de pericia, donde se comportan como calculadoras o como enciclopedias, sean muy reducidos. Son ellos quienes pueden usar con precisión las categorías de análisis político, quienes pueden estar convencidos, como Iglesias, que una idea definida como clase puede explicar cinco siglos de sucesión histórica. De todos modos, muchos diagnostas no saben qué es una clase social, y aún así sirven a la transformación.

No obstante, los diagnostas no deben pretender que los demás adopten sus categorías de comprensión. Aquellos que insistan en sus figuras de lenguaje, en sus tecnicismos, se van a frustrar, desde luego. Los demás no tienen obligación ni condiciones para entenderlos con esos términos medios. Los diagnostas son, en este momento, una rara avis. Aunque muchos quieren hacerse pasar por analistas, críticos e intelectuales, la inmensa mayoría no tiene las condiciones para pasar por el largo proceso formativo de un diagnosta social, con la bastante paciencia para ser juicioso, informado, integral, efectivo. No se puede sencillamente porque la desigualdad también ocurre en la distribución del capital sociocultural. A menudo, lo que hacen los compañeros que aspiran a ser diagnostas es conformarse con el papel de serlo, es decir, con el actuar como si lo fueran, aunque no tengan foro, ni pares, ni datos fiables, ni métodos. Son tristes guanabís cuya genealogía podría explicarse en el marco de la promesa que recibieron de la ilusión universitaria, de la cual mamaron, como parte de ese 15% de privilegiados con licencia para soñar con que su calidad de vida estará garantizada en función de su preparación profesional.

Para evitar la frustración, Iglesias propone que, por humildad, los politizados e instruidos ubiquen el problema en sí mismos y no en los otros. Por supuesto, la única actitud que puede intervenirse con un alto porcentaje de éxito es la propia. O sea que los geniecillos deben ocuparse en volverse sencillos. Así el lenguaje directo y concreto se prescribe universalmente al igual que la modestia. Hay que actuar con “lo que hay” -dice Iglesias-, y lleva razón, pues la voluntad sola no conduce al éxito; pero no debemos suponer de aquí que nadie debería entender a los especialistas, como si su conocimiento implicase siempre altanería, falacias y delirios. Por supuesto que pueden estar equivocados, errare humanum est, pero del hecho de la incomunicación entre entendidos y lingüísticamente distantes se perfilan otros mensajes, en especial dos. El primero es tácito e ingenioso, recomendamos decírselo a los primerizos que no tengan experiencia en la politización, y dice: “ustedes, los que según entienden, deben identificar sus diagnósticos con los sentimientos o necesidades sentidas de la mayoría.” El otro mensaje es un tanto inmoral, pero importante en el marco de la guerra política: “ustedes, los que según entienden, deben manipular a los demás, deben mover a las multitudes a pesar que éstas no entiendan su diagnóstico.” Ambos submensajes se coimplican, pero desenterrados suenan algo mal. El primer mensaje dice que hay que distorsionar lo que se entiende hasta el grado que encaje en lo que la mayoría quiere. Esto es extraño, porque lo que se entiende, en términos estrictos, está respaldado por conocimientos y hechos, no por su semejanza a las creencias más difundidas, que las mayorías pueden estar en un error es un truismo consabido. El segundo mensaje dice que la conciencia ordinaria es lejana y que no podemos esperar por su anuencia, por lo que hay que estimularla para que actúe sin conocimiento de causa, de este modo se justifica una especie de vanguardia que se monta encima de “las masas” y las espolea.

Esto último, visto así, suena grosero y cercano a lo que hace el enemigo con su producción de conciencias frívolas. Obviamente nosotros, los que reconocemos al enemigo, no queremos identificarnos con él, no queremos parecernos a él, entonces hay que explicitar las diferencias, exaltarlas, aunque esto oscurezca el llano acto de guerra política que se practica: lograr que una voluntad se imponga sobre otras. Para ganar distancia del enemigo fue que Iglesias habla de un colectivo de oposición, de ese tercer actor que es la organización política, más allá del sabiondo. Tiene que ver con un grupo nacido de la gente de a pie, guiado por un espíritu moral, directo en sus principios y en consonancia con el sentido mayoritario de dignidad y justicia. Además, este grupo debe tener el ingenio suficiente para entablar conversaciones francas, lo que en muchos casos demanda crear caricaturas de los conceptos que muestren el camino al cual se dirigen si respaldan el proyecto, aunque no lo puedan explicar a detalle. Para ilustrar esa perspicacia, Iglesias menciona el cuento Mouseland, útil para señalar al enemigo. El relato no es preciso, por ajustarse a una idea de democracia nominal, basada en elecciones, pero sirve para entender que los de arriba no quieren lo que los de abajo porque no viven ni sienten lo que les pasa a los de abajo. Si se analoga la diferencia de clase con la diferencia entre gatos y ratones (lo cual es más eficiente si no se menciona la diferencia de clase), cualquiera entiende de qué va la cosa, aunque no tenga formación académica o escolar. Así las cosas, los organizados debe de traducir a los diagnostas, porque estos suelen ser torpes de palabra o cretinos sociales, carentes de contactos y experiencia en diversos modales válidos según sea el ámbito.

Además de dar cause a los diagnostas, los organizados también deben habilitarse en los lenguajes e instrumentos de las distintas formas de lucha y resistencia y elegir su papel dentro de la estrategia que adoptaron contra el enemigo. Lo primero que hacen los organizados es encontrarse y generar espacios autónomos. No importa si los lugares son transitorios, lo relevante es que sean políticos, que quiebren la ilusión globalizada de que la democracia consiste en dedicarse a un campo de trabajo bien delimitado por la carrera personal mientras se consume cualquiera cosa que exija el capricho privado. Los pasos iniciales tienen que ver con una conciencia social que se resista progresivamente a la percepción individualista del mundo, que pueda establecer que el nivel de consumo al que aspiran los menos no es materialmente posible para todos y que avanzar conservando los mismos valores destruirá el planeta, como ya destruye a las especies que habitan fuera del horizonte del crecimiento actual y moderno. Los organizados tienen la tarea de comprender que la guerra evolucionó en disuasiones sin escrúpulos, que se practica todo el tiempo entre amenazas que convocan al miedo y promesas que esconden la complicidad. Deben visualizar los males derivados del sustento de los vivientes, de su movilidad, de los métodos para su contención, de los valores detrás de la economía, de la destrucción ambiental y sanitaria descartada del cálculo racional. Tienen que tomar en sus manos la pesada tarea de ocupar las formas que se conocen para dirigir la política, ser promotores de los esfuerzos nacientes y dar cabida a nuevas experiencias políticas. Difícilmente tomarán una decisión si andan a las prisas. Para los grupos, como para los individuos, es importante dejar pasar el tiempo para percibir el propio cuerpo colectivo y asentar los pies sobre la tierra.

Sin obedecer ciega y reactivamente a las coyunturas o agendas mediáticas, los movimientos podrán entrar en el pastel político de la toma de decisiones, tal como corresponde a los agentes políticos. Con cierta paciencia, se revelarán las distintas oportunidades para determinar los cursos de acción para las propias fuerzas, midiendo las aguas con las ajenas. Iglesias señala explícita e implícitamente que hay diferentes momentos para los organizados: tiempos para poner el ritmo, momentos de audacia, momentos de orgullo, momentos de aglutinar sentimientos mayoritarios y momentos de ofrecer servicios relacionales. Los ritmos se deciden cuando la organización es protagonista en la discusión de turno y se puede dar el lujo de declinar ofertas de aparición. Los momentos de audacia serían aquellos en los que se pueden hacer señalamientos que vinculen los hechos sociales, aprovechando los signos que están en juego, generando inflexiones en la opinión de la mayoría. En México, por ejemplo, la movilización de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa permitió articular algunas cuantas ideas: se habló con abundancia de narcopolíticas en México y se responsabilizó al Estado del crimen. No siempre se pueden realizar conexiones lo bastante aglutinantes, en ocasiones por falta de audacia (caso #1Dmx) y otras por falta de foro (caso Tlatlaya). Los momentos de orgullo son los de pertenencia a ciertos valores o principios identitarios, conductas que recuerdan al nacionalismo y que, tal vez sólo convengan cuando el movimiento es amplio y estable. Por el momento de aglutinación nos referimos a la conexión entre el diagnóstico socializado en el grupo organizado con las necesidades sentidas de la población, ese punto en donde se genera una fuerte convocatoria que hace sentido para muchas personas y despierta algún horizonte de confianza. Por último, por el momento de los servicios relacionales nos referimos a la acción permanente del grupo organizado de provocar y dar alguna continuidad a la participación política de los ciudadanos, creando oportunidades políticas de reflexión, aprendizaje, solidaridad, apropiación, construcción, etc.

Los movimientos de transformación, si son amplios, deben tener un extenso repertorio de frentes en lucha, cada uno empujando desde diferentes formas de lucha. Una de estas formas es el partido político, pues incluso en las instituciones hay fuerzas de cambio. No puede valorarse a los partidos políticos de manera universal, al menos no fácilmente, porque su definición depende del marco cultural y político donde se pretenda armar uno, y lo mismo pasa con sus alcances. Por lo regular, se trata de una forma muy limitada porque se sostiene de un estado de derecho que no siempre es sólido. Los países que carecen de pactos nacionales deben limitar un tanto su confianza en la efectividad de los partidos. Sin embargo son indudablemente espacios que hay que ocupar desde la intención general de la transformación en la medida que actualizan las relaciones administrativas de las ciudades. A pesar de las dificultades para el consenso, Iglesias pudo sintetizar en sólo cinco rasgos cuáles son los puntos con los que un partido político puede tener éxito. El caso de Podemos podría ayudarnos a combatir al enemigo común del planeta, de todos modos, su éxito no debe considerarse exento de algún comportamiento suicida o destructor de su forma como partido político; los partidos políticos tienen que evolucionar porque su forma es históricamente insuficiente, no así el esfuerzo de los organizados concretos dentro de él. Los ingredientes que recupera Iglesias son:

Caricatura de Pablo Iglesias

Caricatura de Pablo Iglesias

  1. Recuperar la ilusión, como si no hubiese mañana malo o estuviese al alcance una transformación significativa.
  2. Defender la moral, rechazando el respeto incuestionable a la institución organizada y a la repetición doctrinaria.
  3. Señalar a los responsables, aprovechando el momento con audacia para explicar por qué se violan las expectativas.
  4. Cambiar las reglas del tablero, empujando las contradicciones del enemigo y evadiendo sus parámetros.
  5. Ser empáticos, sin altiveza, ni regaños ni conservadurismos, logrando identificaciones con la mayoría, no con el enemigo.

Del primer punto merece una mención especial su señalamiento contra los “cenizos” o pesimistas. Invita a desoír a esa gente oscura que no puede condescender ni una pizca con los demás organizados, mientras disparan pretextos tratando de anclar la atención a alguna condición no cubierta. Puede que incluso tengan razón, pero es irrelevante si no están ubicados en el contexto de la estrategia y no captan o no deciden la forma de lucha a la que asisten. Nuestra recomendación es que los pesimistas estudien teoría de la guerra y definan qué están haciendo, puede que así les resulte más claro que ciertos ejercicios deben hacerse “sin conocimiento de causa”. Para que la resistencia sea efectiva, las formas de lucha deben estar diversificadas y dar todo de sí, como si sus puntos ciegos o débiles estuviesen siendo complementados por el trabajo de otras organizaciones. Aunque esto genere alguna incertidumbre en los individuos que no pueden ver el panorama, el tipo de cooperación estratégica que tengan va más allá de cualquier “acción simultánea” que puedan calendarizar. El análisis de fuerzas revela que la mayoría de los grupos aliados nunca llegan a conocerse directamente. Esa reflexión es una tarea pendiente para todos los que sueñan con convenciones nacionales gigantescas donde según pueden brotar nuevos consensos.

El segundo punto lo desglosa Iglesias a partir de la expresión “hay que ser laicos”. Nosotros no somos de la opinión de que la laicidad ayude mucho a la unidad popular. No en tiempos en que las mayorías tienen una especie de necesidad espiritual o de ansiedad hacia lo trascendente, y cuando los enemigos han orquestado diversos odios contra religiones promoviendo la simplificación de que son violentas y fundamentalistas. Lo que encontramos indiscutible es que no se practique el respeto doctrinal, como si las discusiones estuviesen cerradas. Hoy más que nunca tenemos que promover el diálogo sobre el extenso repertorio de posibilidades, abrir los exámenes compartidos de los acontecimientos. No necesitamos largas y complicadas interpretaciones de trocitos microscópicos de la realidad. Al contrario, necesitamos ser muy amplios en nuestros relatos y permitirnos el apretar poco para dar chance a que los demás sientan que hay cabida para sus intereses y habilidades, para que se animen a ocupar algún lugar dentro del relato del mundo contado y sean, después de todo, parte de la transformación. De alguna manera, esto debe significar la defensa de la moralidad actual: conseguir que las cualidades de una singularidad desarrollen junto a otras singularidades algo que las nutra individualmente mientras les genere mesura y sentido colectivo.

El tercer ingrediente llama nuestra atención en dos sentidos: como conciencia de la responsabilidad humana y como discusión pendiente para los organizados y diagnostas que crean poder precisar algún aspecto de la ética. Hablando un poco sobre la mayoría o el pueblo, hay en varios territorios del planeta un tipo de conciencia mansa y resignada, que rechaza hacer innovaciones en su modo de vida, por difícil que sea siempre y cuando tengan lo mínimo. No todos se permiten ambicionar con “sueños imposibles” de una “cabecita loca”. ¿Qué tipo de participación puede solicitarse de ellos? Un primer involucramiento es la idea de la responsabilidad humana, un viejo problema ético, pero primero que nada, moral. Las personas tienen que conocer cuáles son los alcances de la humanidad, hoy globales y agresivos, y dejar de creer que muchas de las calamidades son infortunios sin responsable, como si hubiese nomás que cubrirse de fenómenos naturales mandados por Dios. Si no se comunica que la pobreza y la riqueza son construcciones históricas, causadas por intervención humana, que no vienen de una simple mala suerte o de bendiciones inexplicables, las personas no se sentirán urgidas a actuar por su sola convicción moral. Hay muchas rutas de politización y aprendizaje, y todavía más estadíos de la comprensión. En la medida de lo posible, hay que preparar un trato respetuoso para cada situación arrellanada en la inacción transformativa.

La discusión pendiente que suscitan estos estos puntos esenciales para los partidos políticos entre organizados y diagnostas tiene que ver con los absurdos que desata la violencia, es decir, la transformación en sí misma, no el sentimiento de quinta de hacer el mal del que muchos pretenden huir igual que quien esconde sus pecados. El problema se trata de decidir qué procesos dejar hacer y cuáles neutralizar. Si las vía que representamos, por medio de la cual aglutinamos fuerza y unidad, lleva por principio proteger la vida, si lo que queremos es que no nos maten, y por eso estamos en contra del enemigo, ¿vamos a permitir que otros transformadores, aliados generales, promuevan el linchamiento de los pocos responsables que puedan atrapar? Los otros transformadores son necesarios porque nosotros somos solamente una instancia del movimiento, adoptamos una forma, y la dejamos correr, mientras estamos ocupados y la gran mayoría de los hechos se nos esconden. Una manera excelente de dejar hacer es promover precisamente el optimismo, la actitud de que no habrá mañana malo. Si se piensa así, se reduce la preparación y la anticipación de las divergencias, algunas de las cuales podrían ser moralmente perversas; ¿alguien dijo socialismo real?, ¿dictaduras de izquierda? Por otro lado, si no somos doctrinarios y ponemos en duda las medidas a cada oportunidad, corremos el riesgo de no actuar, de dejar de correr y ser vencidos en nuestro propia forma de lucha. Reducir la impartición de justicia a los pocos que puedan ser procesados con los bastantes elementos de juicio no parece garantizar la acumulación histórica de la inequidad y construcción de clase cupular, por lo que la transformación civilizatoria necesita tomar medidas más drásticas en cuanto a forma, más que en cuanto a sangre. Esto significa que, bajo ningún concepto, se ha de pensar que los distintos tableros de juego de los partidos políticos son suficientes, pues las pequeñas victorias solo pueden dilatar la crueldad que sufre el planeta, y según las preocupaciones ambientales e intergeneracionales, no tenemos ni un solo siglo para poner las crisis política y económica en cierto nivel de orden. La tendencia global productiva debe poner un alto a la sed, al hambre y a la simulación de la voluntad política. Ni un paso atrás en esto.

El cuarto ingrediente es muy interesante porque remite a los distintos ámbitos de juego. Los partidos políticos son básicamente un tablero de juego postulado por la clase enemiga, pero también tiene subtableros, donde la tendencia en el poder y las tendencias que se le oponen siguen la forzosa tarea de autojustificarse y mantenerse como referentes de significado político. El sistema de partidos es como un tablero de damas chinas. Los grupos se dividen en colores y todos compiten entre sí, pero ninguno está dispuesto a que los movimientos de las fichas imiten los del ajedrez. Quieren creer que cualquier intención creativa, cualquier sueño humano, cabe dentro de sus insignias de color. Pero no es así, los enemigos del mundo no se pueden vencer en una partida ajustada a un puñado de reglas que asumen que fuera del tablero todo está arreglado. Por ejemplo, fuera del tablero, en otra dimensión de juego, están las partidas anteriores y lo que cada actor hizo con los recursos que tuvo en su momento. La contienda electoral es apenas un segmento sincrónico a lo largo de un amplio eje diacrónico, es una fotografía, una captura que muestra la ubicación que tuvieron en ese instante los elementos dentro de cuadro, pero es incapaz de rendir cuentas acerca de lo que esos elementos hicieron en jugadas pasadas, en otra clase de tableros, donde muchos adversarios son eliminados por omisión, sea por abuso o por delito. ¿Cómo puede el pueblo humano sentirse parte de una misma familia y con las bastantes oportunidades de realización? Esa es la cuestión que nos debe ocupar, y las respuestas no deben tener un solo tablero posible, a veces incluso no deben permitir que ciertos tableros sean ocupados por reglas ridículas y ficciones asesinas. Para conseguirlo, Iglesias menciona una estratagema muy útil: no hay que decirle a los demás qué hacer, como si se les ordenara, sólo hay que limitarse a mostrar las contradicciones del enemigo, su carga autodestructiva o su inconsistencia.

Esta última recomendación se vincula directamente con el quinto ingrediente para todo partido político: la empatía. Por un lado, este refuerzo moral incrementa la densidad de semejanza entre las cualidades de los organizados y las de la mayoría, propiciando la identificación o simpatía. Además, y tal vez esto sea más importante, abre la invitación a que los demás participen y se hagan cargo, cada vez más, de su propio destino. Si no se tuviese la sensibilidad de representarse lo que pasa el otro, no se podría realizar una conexión real con él. Por eso es tan importante que no se regañe ni se sermonee a la mayoría, porque el objetivo es ser sus iguales, no sus jefes. A menudo la gente no le cree a los hipócritas que andan con falsa modestia, cayéndole bien a todos, o que no aceptan sus limitaciones humanas y formativas y presumen necesitar poco de los demás, escudados en sus tradiciones o en sus privilegios. Por eso es importante que no se oculten las cosas ni se despierten sospechas, independientemente de si se tiene algo que ocultar, por puro beneficio moral y personal. Pero ¿quiénes son la mayoría?

III

La mayoría tiene muchos nombres y cada uno tiene matices. Algunos le llaman gente, otros pueblo, otros masa. De cada concepto hay varias historias que valdría la pena conocer, pero en el marco de la guerra política, y en nuestro caso de la democracia (una forma totalitaria y oligarca de capitalismo automatizado y monopolizante), la mayoría es el actor político por antonomasia. También es el problema de todos. Si hacemos política es porque nos importa de algún modo el comportamiento que tiene. A menudo, las grandes multitudes se entorpecen y hacen daño a sí mismas. Las ciudades comprendieron esto muy pronto en la historia y desarrollaron mecanismos para controlarlas. Las medidas que la historia ha tomado para delimitar su futuro han sido muchas veces errores que ojalá los dioses no hubiesen permitido implementar, pero sucedieron y sumaron complejidad al fenómeno de la política y de la concepción de las masas impersonales, de la que abusan tanto el mercado y la clase enemiga.

Para entender qué es la mayoría, hay que captar que es ella la que dirige la historia. El movimiento real del mundo deriva de una confluencia eterna entre las leyes naturales y la acción de todos los habitantes regidos por esas constantes. La historia mundial tradicional describía las distintas etapas por medio de una sucesión de líderes políticos y reyes, de sus movimientos militares, tratados e innovaciones, si bien estos elementos son relevantes, lo son sólo porque tuvieron impacto en el comportamiento y la práctica de los habitantes. La influencia entre los más y los menos es mutua, pero sigue un movimiento circular (o en espiral, si creemos en la profundidad o dirección de los ciclos), y conforme a eventos o pugnas racionales e irracionales (detonaciones dialécticas, en opinión de algunos de nosotros). De esta manera se conforma la progresión histórica a modo de silogismo: porque la gente hace ‘x’, algunos planean ‘y’; porque la gente hace ‘y’, algunos planean ‘z’. Se trata de meras condiciones histórico materiales que establecen tensiones principales que terminan por ser pensadas una y otra vez, promoviendo así cierta clase de conclusiones o ideas. Esas ocurrencias conforme ganan frecuencia son básicamente el sentido común de la gente de a pie.

La población de un territorio, independientemente de si entiende para quiénes trabaja, es decir, de si su acción le conviene a alguien y qué fines tiene éste, es la que pone la producción cotidiana. Si la mayoría está caracterizada por un comportamiento observable y predecible, un actor político puede montarse sobre ella enajenando a la mayoría o haciéndola trabajar para sí y prosperar como nadie más. Otros listos pueden detectar la oportunidad y hacer la guerra con el primer jinete, y si las partes acumulan victorias, con todo y la carnicería, se constituyen como una clase en el poder, una especie de personas o pobladores que no son de ningún modo la mayoría, ni una minoría cualquiera, sino una especie voluntariosa y peligrosa, desidentificada con el pueblo al que usaron para su propio beneficio y por el cual se propusieron matar adversarios igualmente ambiciosos. La riqueza excesiva de unos no sería un problema si la ambición y la competencia que atrae no los convirtiera en sociópatas, en personas fraticidas más peligrosas que cualquier asesino serial, que amasan poder a costillas de rivales, sometidos y desprevenidos casi por igual.

A pesar de que la mayoría es manipulada por observable y predecible, también puede ser redirigida por diagnostas y organizados que le presten su voz y sus servicios tenues de articulación social. Estos actores especiales de transición tienen la habilidad de revelar el proceso que ocurre con la clase minoritaria cuando toma un provecho desmedido de la poderosa e irremplazable acción mayoritaria y propaga el abandono del bien común. Con una distribución de la inteligencia superior, es posible que la mayoría note que es ella misma la que otorga el control al enemigo por medio de la sola obediencia a su propio ejercicio cotidiano. Si el mundo cambiase su comportamiento mayoritario, los enemigos del presente perderían el control de inmediato y tendrían una crisis total de gobernanza y conservación de su riqueza. Podríamos imaginar dos actividades que contradigan la conducta de la población: que los económicamente seguros dejen sus ocupaciones y comiencen a dar comida y alojo a los que están desesperados por tener un ingreso y que los trabajadores dejen todo su trabajo y entren en huelga voluntaria de hambre. Son ejemplos imaginarios, imposibles en la práctica, tal vez, pero que muestran que las reglas del juego tienen vulnerabilidades que pueden tocarse en muy poco tiempo una vez lograda la unidad popular.

Una de las razones de mayor peso por la que el pueblo no llega a consensos ni a seguir la inspiración de los promotores de la transformación es por la pulverización lingüística. El sentido común ha sido moldeado por las órdenes, las promesas y las amenazas de la fuerza dominante. En la democracia, el sentido común es el discurso de la clase enemiga. Los estereotipos están pincelados para ser evidentes y útiles al poder histórico y estructural. Cada núcleo popular entiende perfectamente las consignas de los poderosos, aunque no esté concientemente de acuerdo con ellos. Pensar que uno se opone a ellos por odiarlos, es, por ejemplo, parte del discurso. Algunos organizados creen que la gente tiene que abrir los ojos y entender que los políticos son malos o que los partidos son corruptos. Error, el sentido común sabe estas cosas, sin ningún aparato reflexivo sofisticado llega a esa conclusión, por lo que hay que advertir qué utilidades saca el enemigo de esta discordia programada. Homero Simpson, uno de los principales tutores de las generaciones de los 80s y 90s lo expresa con toda naturalidad:

Obviamente, Homero.

El discurso oficial siempre nutre la idea globalizada de que es posible disfrutar de los placeres del consumo, que solamente hay que seguir fiel a la carrera personal, sin dejarse engatusar por los resentidos; dice que las organizaciones políticas son un cochinero, que las resistencias sociales son unos desobligados o unos criminales, perturbadores de la paz, mientras que la fuerza pública abate continuamente gente, de orígenes extraños, presuntamente en malos pasos. ¿Por qué el discurso no promueve nuestra naturaleza curiosa y nos encamina hacia el pensamiento crítico y la solución de problemas? Sospechosamente los delincuentes tienen el aspecto de personas comunes y corrientes, mientras que las historias de éxito y placer reproducidas son emblemas de los valores de una minoría: la sonrisa obligatoria, la tez clara, el cuerpo esbelto, las vacaciones turísticas, la realización individual de los sueños, la exageración o falsedad de todos los dramas. Estos son los mensajes que conforman el sentido común, por mera sobreexposición e imitación. Nos parece particularmente atroz que aquellos que nos ordenan ser ante todo felices (como si ese asunto fuese un problema fundamental) sean los mismos que alimentan su delirio disponiendo de nuestras vidas, vendiendo nuestra agua, obligándonos a abandonar la seguridad en los hogares, despojándonos de diferentes derechos, sobre la tierra, sobre la educación, sobre la salud, sobre el trabajo, sobre la movilidad.

Los organizados deben aprender pronto que su acción crítica se opone al sentido común y que muchos de sus referentes ya están siendo ocupados por significados del discurso de los sociópatas y enemigos del planeta. Los diagnostas son difíciles de entender porque son especialistas y sus referentes argumentales no significan en general nada convincente, pero también porque hablan desde formulas históricas que fueron derrotadas en el pasado, que han sido probadas incorrectas en algunos sectores del imaginario. Por esto es importante que los organizados creen nuevos lenguajes, tropos y expresiones idiomáticas, que se permitan jugar con las palabras más sencillas hasta que le saquen a algunas un brillo especial, un significado emblemático de la lucha por la justicia y la restauración del mundo. Para eso necesitan ser atentos observadores de los productos mínimamente críticos que están en boga y captar que son híbridos útiles entre el diagnóstico y el sentir de las mayorías. Si es posible aglutinar lo que se sabe con lo que las mayorías pueden entender y querer (lo ya sentido por ellas mismas, desde la lógica del sentido común), entonces comenzarán acciones mayoritarias que cambien el curso de la historia.

Por supuesto que cambiar es difícil y demanda a la conciencia una energía o unas oportunidades que no siempre se tienen, que deben ser construidas día a día. Para que las iniciativas de transformación no se ahoguen, habría que tender redes que toquen a todos con modelos abiertos y dinámicos, que ayuden a asir estructuras generales pero a la vez que no sean predecibles y aburridas. ¿Qué puede ser atractivo y hacer sentido para las mayorías? Lo que ya forma parte de su identidad, los elementos familiares, como las tradiciones culturales y religiosas, sus momentos de convivencia social. Hay que intervenir en el espacio autoritario de la familia y hacer viable la toma de conciencia política. Se insiste: los organizados no deben ambicionar la escucha con elaborados argumentos, deben emplear mensajes que anticipen la falta de sofisticación del sentido común y, con las referencias más concretas posibles, muestren un escenario moralmente inaceptable, además de una pequeña variación en la práctica cotidiana para ir haciendo presente la resistencia. Para entender a las mayorías hay que entender su moral y su sistema de prácticas, además de su participación dentro de concepciones repetidas.

Pongamos un ejemplo breve sobre los pequeños cambios que supone una reflexión política en un espacio cotidiano. El ámbito imaginado es la información, todos la recibimos diariamente y cualquier evento social, familiar, laboral, público, etc. puede dar ocasión para hablar de la información. Además el contenido puede ser de interés para el interlocutor y crear un gancho que mantenga la atención sobre la materia. Toda transformación de la información requiere cierto tiempo, especialmente si nosotros somos los que hacemos el trabajo de transformarla. Por lo regular, un consumidor pasivo recibe informaciones hechas por otros, la cadena de mensajes tiende a minimizar el impacto de todos, por rezagamiento de las impresiones, pero cuando algo llama en particular su interés, el sujeto se vuelve un laboratorio de reconfiguración de los datos recibidos. Crucemos su acción creativa o productiva con el tiempo. Una idea compleja e interesante puede ser elaborada en menos de tres segundos. Redactarla toma alrededor de diez minutos, según sea su complejidad. Si no se tienen esos diez minutos para hacer un escrito que cualquiera pueda leer y entender en su sentido y pertinencia, se pueden hacer notas dispersas que completen su significado con la experiencia personal en un único minuto. Lo que alguien puede leer en un minuto de notas, por su parte, se puede explicar en lenguaje llano y claro a una audiencia no informada del tema en alrededor de media hora. Ahora bien, si un joven tiene una idea que él mismo considera genial supongamos tres veces al día, y fuese tan productivo como para darlas a conocer, necesitaría, además de claridad en pensamiento y enunciación, de una audiencia que lo escuche atentamente durante una hora y media diariamente. Esas son más de diez horas a la semana, es decir, más de una cuarta parte de su tiempo laboral estándar. Ese es el tiempo que le tomaría a una persona hacerse comprender a los demás en su proceso de crecimiento personal. La premisa de que debemos comunicar nuestras ideas a los demás, aunque deseable, es impracticable, no tenemos un modo de hacer a todos participar ni de optimizar la socialización de los aprendizajes repetidos, específicamente cuando se trata de reflexiones tenues, no de simples datos como cuando una nueva generación descubre el agua tibia. Esta problemática podría explicar, por ejemplo, por qué los adolescentes se vuelven tan difíciles de seguir para sus padres. A los adultos les es materialmente imposible escuchar todos los conflictos juveniles, cuando estos se vuelven relatores de su propia existencia y establecen jerarquías de valores y se ven confrontados por realidades contingentes derivadas tanto de su movilidad como de corrientes de las que aún no tienen ninguna conciencia. ¿Saber esto haría algún cambio en una familia promedio? Nosotros creemos que depende de dos cosas: de que esta comprensión se socialice con personas significativas, que se comprenda que esta es una situación general del crecimiento de todos, y finalmente que se sepa que el propio caso tiene sus variantes.

Eventualmente habrá cambios por necesidad en la conducta de la mayoría, el reto es que estos cambios lleven una dirección que defienda la moral y la visión de los agentes de transformación, no porque ellos deban ser la nueva clase dominante, sino porque es importante verificar que lo nuevo que se haga eluda el problema de la destrucción ambiental, sanitaria, humana y personal. El sentido común debe ir en la dirección del cambio en lugar de en el sentido de la reproducción del orden de las cosas.

Estamos en medio de una lucha global e histórica por la transformación social y civilizatoria. La crisis política de la actualidad es una oportunidad para crear nuevas acciones políticas, nuevos lenguajes, nuevos relatos. Podemos aprovechar diferentes signos para aglutinar nuevas figuras de identidad y perfilar mejor las intenciones de cambio, con mayor precisión y pertinencia. Podemos hacer que los tableros del juego político se vuelvan inestables y se disuelvan las clases. Desde luego, esto no será verdad mientras siga habiendo personas descartadas o descartables, cuyo malestar no se sienta también en la carne de los privilegiados y de las capas medias. Si no es posible edificar una arquitectura ecosocial y sistémica que cierre el paso a la creación de cúpulas sociales ajenas a la realidad y sensibilidad del resto de las especies, el dinosaurio o enemigo seguirá ahí. Si la humanidad no es una sola y gran familia, vinculada por la historia general y las condiciones de posibilidad de las distintas alternativas de crecimiento activas hoy día, no habrá razón de peso para negar la guerra política como hoy se la entiende, con su clase enemiga, que encarna en forma de banqueros, especuladores financieros, industriales no sustentables, empresarios inescrupulosos y promotores de la incultura o del empobrecimiento humano.

Nuestra plegaria, simple, diría que vayamos todos en contra de los (mega)proyectos de muerte y al rescate de los hermanos caídos en la enfermedad del poder y el antihumanismo.

Los videos comentados de Pablo Iglesias fueron:
a) La cuestión de la clase obrera
b) IX Convenção do Bloco de Esquerda em Lisboa