Yo soy de unas montañas y me gusta cantar y con fotografías canto mi realidad.

Yo vengo de donde baja un río que habla, que arrastra troncos y hace unas pozas donde me gustaba ir a nadar.

Yo vivía con gente que tiene su historia muy larga y muy larga tiene la tristeza, pero esa gente se alegra de andar los cerros y aunque sea cansado tanto trabajar, le gusta seguir viviendo entre la lluvia, entre milpa y cafetal.

Yo soy de donde las tejas se pueblan de musgo que muere en mayo y renace en julio. De perforadas bóvedas de cartón negro sostenidas por troncos y tablas que dejan salir por sus hendijas el humo de un fogón donde la materia es transforma pacientemente en canciones que se meten a la boca para dar aliento al alma.

Soy de allá, no me pudieron nacer en mejor lugar, espesura de verdes ondulantes bajo un azul tenue, rincón del agua perpetua, de hormigas de colores, de calandrias y tejones escondidos.

Ando lejos, traigo conmigo los recuerdos y las ganas de un regreso, ando con el pendiente de mirar las manos de mi padre, de caminar la casa y  escuchar las historias de mi infancia que cuenta el olor a cedro de las puertas.

Me gusta regresar, recorrer el barro de los caminos, sobrevolar las piedras tersas a fuerza siglos de pasos y agua corriente, respirar las rojas chacas, los chalagüites deshojadores perpetuos. Me gusta reconocer la estación del año por el olor del viento, por los animales que aparecen y por las frutas en las mesas; pero me gusta más saludar a las personas, encontrarme en las historias de los amigos que ya son padres de ternuras salvajes que juegan en los asoleadores o que miran con ojos de asombro a un gallo blanco.

Voy a reconocer los rostros casi olvidados, revive en la memoria Guadalupe, Cornelio, Camelia, Sergio, Juan, Miguél,  el de la tienda, el albañil, el campesino del otro pueblo, el que arreaba mulas, la que lava ropa, la que hace comida, el  que resignado dice que se quiere regresar al norte (a Estados Unidos) porque en el pueblo no hay trabajo bueno, pero se aguanta porque ahora es muy peligroso cruzar.

Miro las cosas que miré por tantos años, miro a la gente que mire por tanto tiempo, a la que le tengo cariño a la que le tengo respeto, miro a la que ya no está, a la que no merece siquiera el saludo por que se sabe que se hizo rico a fuerza de engaños, de robos, de quitar al que de por sí tenía poco y miro también a los tantos y cada vez más numerosos que se empeñan en servirse del poder político robando a sus hermanos. Las cosas no han mejorado, los cambios han hecho cada vez  más difícil la vida en la Sierra Norte de Puebla.

Lejos de casa no aprendí a ser un romántico folklorista ni tampoco un culturalista; la gente es hermosa con su bondad endémica, pero hay injusticias cotidianas y sobre la región se sigue abalanzando implacable el hambre grande de la libre empresa.

Allá, cuando niño me hicieron un corazón de madera que con historias fue ardiendo poco a poco y que se enciende siempre que le llega el viento de la realidad. El viento sopla y el tizón no puede quedarse sin arder.

Campesino en su cocinaCampesino en la entrada de su casa

Tres hermanosHuehuetla Bienvenido desde el panteónUriel Mercado de HuehuetlaCalle de Huehuetla Mujer cargando caféBienvenidoHuehuetla El vuelo del tutunakumLa fotoEl tizón