Cuando regresó a su departamento ya pasaba la media noche. Al estar frente a su puerta miró alrededor la noche de oscuridad opaca, donde el resplandor de los anuncios de pasta dental y otros artefactos lumínicos dejaban al cielo sin estrellas. La antigua oscuridad nocturna se disputaba con la triste luz amarillenta del alumbrado público los rincones de concreto. Un grupo de perros flacos husmeaba la basura amontonada bajo un poste donde la oscuridad circundante y la luz de la luminaria daban a la escena la apariencia de una puesta en escena al aire libre o tal vez un cuadro de Rembrandt. Se paró frente a la puerta, giró con firmeza la chapa cuidando hacer el menor ruido posible. Al entrar, sintió alivio al liberar los pies del cuero negro donde una capa de polvo delataba su condición de peatón. Con la confianza de no hacer ruido con las gastadas suelas, se dirigió a la cocina, husmeó en las cacerolas que descansaban sobre la estufa y en ese instante pensó en su comportamiento nocturno  y cotidiano, se sonrió con una mueca de disgusto más que de alegría al pensar que su rutina se parecía un tanto a la de los canes que afuera husmeaban en la basura antes de ir a dormir, aunque identifico dos diferencias sustanciales: ellos cenaban acompañados y el no  tenía ese aire de pintura de Rembrandt.

Hacía ya seis meses que por fin ella se había mudado con él a esa pieza pequeña a las afueras de la ciudad. Después de obtener la cédula que le permitía el litigio con todas las de la ley, había obtenido un mejor sueldo en el despacho de su padre. Ahora ya no solo servía de asistente, sino que comenzaba a llevar sus propios asuntos ayudado del viejo colmillo paterno, además podía echar mano de algunos “contactos” de los que se había hecho para agilizar los trámites. De esa forma contaba con el dinero suficiente para pagar la renta del pequeño departamento y empezar a compartir el espacio y la cama con la mujer con quien compartía planes y proyectos desde hace cuatro años. Con la beca de posgrado en sociología que ella percibía se cubrían los gastos de forma holgada y hasta se podían dar ciertos lujos como salir los fines de semana a a restaurantes del centro o ir a escuchar a grupos locales de jazz, beber un trago y regresar a casa a intercambiar besos apresurados y el sueño que sigue al amor.

Terminó el espagueti con jamón que encontró en las cacerolas y que sirvió frío en un plato pequeño. En la oscuridad, sigilosamente caminó al baño a lavarse los dientes. Pensó en la rutina nocturna que cumplía desde que comenzó a vivir con ella; antes no había necesidad de escurrirse por su propia casa como ladrón o mejor dicho como un gato hambriento de comida y de caricias nocturnas, además antes se lavaba los dientes siempre y cuando el sueño no fuera más fuerte que el superyó dictando las obligación de higiene, pero ahora que compartía la cama con ella, estaba el temor de que un mal aliento le negara un beso, por esa razón lo primero que hacia al despertar, incluso antes de terminar de vestirse, era ir a prisa a lavarse los dientes. Mientras continuaba con la rutina nocturna pensaba en esas cosas y otros detalles en sus recientes cambios de hábitos, algunos pueriles y otros de relevancia para mantener el trato amable entre ambos y evitar discusiones, como el no fumar en casa o dejar estrictamente limpia la taza del baño después de orinar, al final se convenció de que eran cambios que le beneficiaban de muchas formas, principalmente le reconfortaba pensar que estaba con ella cotidianamente.

Entró al cuarto, se quitó los calcetines, (es sabido por los hombres que las mujeres tienen una aversión histórica por los calcetines, se desconocen las razones) el frío del piso se frotó en sus pies. Se quitó la ropa quedando solo la playera blanca, casi transparente por las múltiples lavadas. Había que guardar cautela en todo momento para evitar despertarla y así, lentamente se metió bajo las cobijas. Ella no despertó, él así lo planeaba desde que giró la chapa de la entrada. Sabía que los últimos días los trabajos del posgrado habían sido estresantes y tediosos, ni siquiera se molestó (tanto) por el olvido de su cumpleaños un día anterior, solo sitió un inevitable enfado y un poco de tristeza, pero no quiso tratar el tema ya que sabía lo que venía: las disculpas y los reproches mutuos para que nadie quedara sin culpas encima. Sintió el calor de su cuerpo  y el frío de sus pies pequeños. La inmensa ternura echó a perder los racionales planes (cómo suele ocurrir) cuando no se contuvo y la abrazo por la espalda,  ella despertó volteando la cabeza aletargada para darle un beso y decirle entre sueño y vigilia, -buenas noches amor, descansa-. Él le contesto con un beso en la frente, se acomodó despacio y pronto el sueño los abrazo a los dos.

Por la mañana siguiente ella despertó cuando él ya se encontraba en el baño lavándose los dientes y preparándose para salir. Adormilada, mientras se colocaba las sandalias,  miro miró en el piso; allí tirada, sobresaliendo de debajo de la cama, una camisa a cuadros azul con verde. Súbitamente la somnolencia matutina fue sustituida por un pulso acelerado e ideas y recuerdos fugaces y desordenados que revolotearon en su cabeza. Recordó la tarde anterior cuando su compañero Rodrigo se ofreció a llevarla de la universidad a la casa. Ella lo invitó a pasar y Rodrigo entró. La conversación afable con Rodrigo fue provocando la disminución progresiva de la distancia entre sus cuerpos hasta terminar ambos en la recamara, sin que mediara entre ellos un solo milímetro. Trató de recordar el color de la camisa que tenía Rodrigo el día anterior, pero no pudo, se habían despojado rápidamente de lo que es estorboso en esas circunstancias y sólo  le recordaba el sweater beige, pero nada de la camisa. De cualquier forma Iván nunca usaba camisa a cuadros, mucho menos esos colores vívidos. La maraña en su cabeza cobró cierto orden, todo estaba claro: el idiota de Rodrigo debió olvidarla. Aún con la descarga de adrenalina surtiendo efecto en su sistema pensó en esconder la colorida evidencia en el closet, pero no, Iván podría encontrarla al buscar su ropa, así que decidió arrojarla por la ventana, tampoco, al salir él la vería tirada bajo su ventana y seguro sospecharía algo. Cuando quiso pensar en otra alternativa entró Iván, no pudo evitar cierta extrañeza y una sonrisa al verla con el cabello alborotado, los ojos en su máxima apertura y con la camisa masculina entre las manos, sujetándola firmemente frente al pecho como si tuviera entre sus manos el arma con la que se cometió un atroz crimen. En un instante y sacando temple del fondo de su sangre, consiguió una actitud relajada, aflojo los tensos músculos de las piernas, relajo el cuello y la mirada, las aperturas oculares retornaron a su tamaño normal, con ademanes seguros y gestos amables le preguntó:

– ¿Te gusta esta camisa?, me la dejó mi hermano, me dijo ayer que le urgía tenerla lista para hoy porque irá a una fiesta importante y no tenía tiempo para lavar su ropa, semejante huevón, ya lo conoces…  que si le hacía favor de lavarla y pasaba por ella en la tarde. Hazme el favor… yo lavándole la ropa, lo que nunca hice ni cuando vivíamos juntos. Pero bueno, qué opinas, a mí me parece bonita, aunque los colores son muy vivos para tu gusto ¿no crees?

El no dijo nada, se acercó lentamente,  tomó de sus manos la camisa que le había regalado su padre el día anterior por su cumpleaños, ella la soltó desconcertada, no entendía nada. Mirando al suelo, con un revoltijo de sentimientos en la cabeza que no podría reflejar gesto alguno, se colocó la camisa. Ella no podía hacer o decir nada, el desconcierto se apodero apoderó de su cuerpo como una enfermedad anquilosante. Manteniendo un silencio que se podía romper con un martillo él cepillo sus polvorientos zapatos mientras recordó esa máxima latina escuchada en sus primeros días de estudiante de derecho: “defensionem exprimit culpa manifestat”, sintió que el mal dicho aquel se le clavaba como una espina en los ojos. Terminó de ataviarse formalmente para ir al despacho. Salió sin despedirse ni desayunar, cerró la puerta que da a la calle y se marchó al trabajo con la sensación de un hueso de ciruela pasa en el cuello.