Escrito en colaboración con Edgar Arturo Castelán García, para el primer Encuentro de arte urbano #PenalízameÉsta.

Antes de entrar en tema, aclararemos que en esta exposición no hablaremos de propuestas estéticas, porque, además de que esas las tenemos que demostrar y argumentar en la praxis de nuestras obras; seguimos construyéndolas y sería demasiado soberbio hablar ahora de ellas. En cambio, podemos hablar de la situación del artista en la sociedad moderna y el imprescindible compromiso que este debe tener con su entorno.

Hemos notado como intermedio entre la crisis social y la política la aparición de movimientos artísticos populares y de vanguardia. Es una suerte de anticipación de las grandes transformaciones.

En nuestro país todavía está muy extendida la idea de que el arte debe ser apolítico, que los artistas para preservar su propuesta deben mantenerse fuera de la política. A esto se le suma la propuesta antipolítica (de corte ácrata o anarquista) que por desconocimiento o moda adoptan. Estas dos posturas pueden coincidir con la formación hiperindividualista que ya nos imprime el sistema y se acentúa con los modelos impuestos en las escuelas o universidades de arte. De éste se fabrica el estereotipo de artista hipie o hipster incomprendido por la sociedad, y anti-autoritario, nihilista y drogadicto. Son de sobra conocidos los diversos movimientos artísticos y corrientes estéticas que, lejos de producir un arte de comprometido con el cambio y la transformación, solo promueven actividades artísticas estériles que caen en la mera pretensión.

Uno pensaría que las artes serían menos susceptibles de la cooptación e instrumentalización por parte del sistema, pero no es así hace muchos años que el sistema entendió que necesita domesticar a este sector o, al menos, neutralizarlo. En México lo hemos notado con diversos grupos que han coqueteado con el partido en el poder o con los grupos de la élite política mexicana. Los casos de los poetas Octavio Paz y Salvador Novo son claro ejemplo de ello.

Este es le problema de los artistas en la sociedad neoliberal y capitalista, donde el arte es reducido a una simple mercancía con valor de cambio pero no con valor de uso, ahora pasaremos al tema de la praxis.

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La situación de descomposición social es el fruto de a descomposición económica y política que padecemos. Pero es también una consecuencia de movimientos de transformación ciegos, intolerantes y copiones. Muchos de nuestros movimientos de vanguardia han optado por trasladar el hiperindividualismo y canibalismo del sistema a la pretendida “izquierda” o al mundo “del arte”. Así las pretendidas “vanguardias” se han convertido apenas en la opción roja o negra del sistema.

El arte, como otros fenómenos socio-políticos, construye humanidad. Esto lo podríamos analizar en dos sentidos: 1) porque al interpretar, imaginar y transformar el mundo de varios modos, contribuye a la utopía desde la estética y porque nos permite explorar el mundo; 2) porque fortalece (o reconstruye) el tejido social por lo que se convierte en una forma de empoderamiento de la comunidad. Es probable que se podrían apuntar otras formas pero consideramos que son derivadas; también queremos señalar que estos dos sentidos que hemos establecido son complementarios y no pueden ser divididos, al menos, naturalmente.

Por ello es que tenemos a grandes artistas, en todos los sentidos, que tienen una vena social, un compromiso con las causas más sentidas de los otros. Aunque también, dada la división social en clases antagónicas, tenemos a quienes ponen la estética para maquillar de nuevo al régimen. Pero ojo, esta oposición entre sectores, también en el arte, no nos debe llevar a la postura maniquea de negar la aportación estética que pueden tener quienes son además mercenarios de los peores sistemas. Afirmar esto nos llevaría a una posición totalitaria, intolerante, ajena, que nos niega la primera forma de hacer humanidad que apuntamos antes, y, por ende, destruye la reconstrucción del tejido social. Cierto es que no podemos escindir a la obra del autor, pero nosotros como movimientos de transformación debemos entender que partimos del sistema y que no todo es malo, sino que podemos tomar lo interesante, transformador, estético, porque ello es una obra humana y como tal debe estar en la nueva sociedad que queremos.

México en estos momentos vive una crisis aguda, pero también vivimos tiempos de esperanza. No porque estemos a gusto con el fascismo avanzando, ni con la decadencia y miseria de todos los días. Nada de eso. Tenemos esperanza en la emergencia de los movimientos políticos y sociales que, sin querer, están cuestionando todas las viejas formas de hacer política (sobre todo las de la pretendida izquierda radical) y nos están dando aire para transformar.  En estos periodos los artistas pueden escoger el lado de la contrarrevolución y continuar con las formas estéticas establecidas, legitimar con su talento al régimen; o colocarse al lado de los procesos de cambio, ya sea desde la construcción de una perspectiva estética nueva que cuestione los cánones anteriores y/o desde la socialización del arte, expandiendo la desobediencia y promoviendo la conciencia anti-sistémica. Como lo dijera en su momento Ernesto “Che” Guevara: “Desde hace mucho tiempo el hombre trata de liberarse de la enajenación mediante la cultura y el arte”

Por ello es que nosotros, como colectivos de comunicación y arte, emprendemos nuestro camino del lado de los otros, los de abajo y hemos emprendido un compromiso doble con el pueblo: contribuir a la renovación de la estética y poner ésta al servicio de la sociedad. Dos cosas complicadas, pero, dos partes de una revolución que, si no es cultural estará condenada al fracaso.

Los invitamos a conocer nuestra revista digital Desde Abajo se ve Más lejos y la propuesta de Opochtli Cinematográfica; nuestras dos propuestas iniciales (y que salieron a la luz un poquito después que nuestros hermanos de Desfibrilador Gráfico y la Editorial UnoTresDos que por desgracia no pudo venir).